Llevé mi auto al taller por unos frenos de $4,800 pesos… tres días después querían cobrarme $96,000 por un motor “destruido”, hasta que un mecánico joven me llamó a escondidas y me dijo que no firmara nada

—¿Dónde está Mateo?

Óscar apretó la mandíbula.

—Primero vea esto.

—Te pregunté dónde está Mateo.

—No sé.

Mentía.

No porque yo tuviera alguna prueba todavía, sino porque respondió demasiado rápido.

Entonces levantó la memoria.

—Aquí está lo que usted quiere. Podemos arreglar esto sin convertirlo en un problema más grande.

Esa frase terminó de convencerme de no bajar del auto.

—Déjala sobre el cofre.

—Laura, no haga las cosas más difíciles.

—Déjala sobre el cofre.

Óscar me sostuvo la mirada unos segundos.

Finalmente puso la memoria bajo el limpiaparabrisas.

—Después no diga que nadie intentó ayudarla.

Se fue.

Esperé hasta verlo subir a una camioneta y salir del estacionamiento.

Solo entonces bajé.

Pero no conecté la memoria a mi computadora.

Mi hermano Javier trabaja en sistemas y cuando le conté lo ocurrido me dijo:

—No abras nada. Tráela.

Fui directamente a su departamento.

Mientras revisaba la USB en una computadora que casi no utilizaba, Javier frunció el ceño.

—Hay cuatro videos.

—¿De mi coche?

—Eso parece.

Abrió el primero.

La fecha correspondía al día en que llevé el Sentra al taller.

Ahí estaba yo bajándome del vehículo.

Se veía perfectamente cómo un empleado lo conducía hacia el área de servicio.

Después apareció Mateo.

Abrió el cofre, revisó niveles, encendió el motor y permaneció varios minutos frente al vehículo.

Todo parecía normal.

—Mira la hora —dijo Javier.

El segundo video había sido grabado al día siguiente.

Mi coche seguía estacionado.

El tercero comenzaba a las 7:18 de la noche.

El taller parecía prácticamente vacío.

Óscar apareció acompañado por otro hombre.

Se acercaron a mi Sentra.

Uno abrió el cofre.

El otro llevaba una caja de herramientas.

Yo me incliné hacia la pantalla.

—¿Qué están haciendo?

Javier adelantó unos segundos.

La cámara estaba lejos y no permitía distinguir exactamente qué manipulaban.

Pero estuvieron casi cuarenta minutos trabajando en el área del motor.

Y eso ocurrió antes de que me llamaran para anunciarme la supuesta falla.

Sentí que me faltaba el aire.

—Guárdalo.

—Ya estoy haciendo una copia.

Entonces abrió el cuarto archivo.

Duraba solamente diecisiete segundos.

Mateo aparecía frente a la cámara del almacén.

Miraba constantemente hacia la puerta.

Después levantaba una carpeta.

En la portada estaba escrito:

“CLIENTES PENDIENTES”.

La abría.

Había varias órdenes de servicio.

Una era la mía.

Pero Javier pausó el video.

—Laura.

—¿Qué?

Señaló la pantalla.

Debajo de mi expediente había otro.

Reconocí el nombre.

Ricardo Salgado.

Mi vecino.

Dos meses antes, Ricardo había pagado más de $70,000 pesos por una reparación de transmisión en ese mismo taller.

Él mismo me lo había recomendado.

Sentí un escalofrío.

Llamé inmediatamente.

—Ricardo, necesito preguntarte algo raro. ¿Cuando llevaste tu camioneta al taller, originalmente qué problema tenía?

Se quedó callado.

—La llevé por una vibración.

—¿Y después?

—Me dijeron que la transmisión estaba destruida.

—¿Firmaste una autorización?

—Sí… bueno, eso creo.

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