Pero Ernesto murmuró:
—Dile lo de los ochocientos mil.
Mi padre giró hacia él.
—¿Qué ochocientos mil pesos?
Patricia palideció.
Ernesto se pasó las manos por la cara.
—Ya salió todo mal.
—¿Qué ochocientos mil? —repitió mi padre.
Patricia miró a su hermano con odio.
—Cállate.
Eso fue suficiente.
Mi padre sacó su teléfono.
—Voy a llamar a mi contador.
Patricia trató de quitárselo.
—¡No necesitas meter a más gente!
—Necesito saber qué está pasando con mi dinero.
—No es “tu dinero”. Estamos casados.
Mi padre la miró durante varios segundos.
—Eso depende de qué dinero estés hablando.
No entendí inmediatamente lo que quiso decir.
Después recordé que mi padre había adquirido esa propiedad muchos años antes de casarse con Patricia y que varios de sus ahorros provenían de la venta de un negocio que también había tenido antes del matrimonio.
No significaba que ella no tuviera derechos dentro de su matrimonio.
Pero tampoco podía disponer simplemente de todo como si fuera exclusivamente suyo.
Patricia comenzó a llorar.
—Yo solo intentaba proteger nuestro futuro.
Ernesto soltó una carcajada amarga.
—No. Intentabas salvar mi negocio.
Todo cambió.
—¿Qué negocio? —preguntó mi padre.
Ernesto se quedó quieto.
Patricia negó con la cabeza.
—No le hagas caso.
Pero Ernesto ya parecía cansado.
—Mi empresa debe dinero.
—¿Cuánto?
—Más de lo que puedo pagar.
Mi padre miró a su esposa.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Ernesto respondió:
—Patricia dijo que podía conseguir el dinero.
El silencio fue absoluto.
Mi hija había dejado de llorar y dormía contra mi pecho, ajena a todo.
Mi padre parecía haber envejecido diez años en cuestión de minutos.
—¿De dónde?
Nadie respondió.
Entonces escuchamos otra voz proveniente de la cámara.
La grabación seguía reproduciéndose.
Habíamos olvidado detenerla.
La voz era de Patricia.
Pero lo que dijo no coincidía con la explicación que acababa de darnos.
“Cuando Arturo firme el poder, ya no necesitaremos preguntarle por cada movimiento.”
Mi papá se quedó completamente inmóvil.
Ernesto cerró los ojos.
Yo pausé el video.
—¿Qué poder?
Patricia retrocedió.
—No era lo que parece.
—¿Qué poder? —repitió mi padre.
—Era únicamente para facilitar trámites.
—¿Qué trámites?
—Bancos. La casa. Cosas normales.
Mi papá soltó una risa seca.
—Nunca te pedí que manejaras mis cuentas.
—Porque siempre crees que puedes hacerlo todo solo.
—¿Dónde está ese documento?
Patricia no respondió.
Entonces recordé algo.
Tres días antes, cuando había venido a visitar a mi padre, encontré un sobre de una notaría debajo de unas revistas.
No lo abrí.
Solo se lo entregué a Patricia porque tenía su nombre escrito a mano.
En aquel momento no le di importancia.
Ahora sí.
—Había un sobre —dije—. De una notaría.
Patricia me miró.
Su expresión cambió.
Ya no era enojo.