—Sofía, deja de decirme que no sabes.
Golpeé suavemente la mesa con la palma.
—Mi esposo te embaraza, su familia planea ponerme a criar al bebé, intentan conseguir mi firma para un crédito de más de un millón de pesos y ahora aparece una firma que no reconozco. Necesito saber qué está pasando.
Ella comenzó a llorar.
—Por eso vine.
Sacó una memoria USB pequeña.
—Copié una carpeta de su computadora.
La miré.
—¿Qué contiene?
—Correos, archivos del banco y conversaciones con su mamá.
—¿Los leíste?
—Algunos.
Su expresión me hizo sentir miedo.
—¿Qué encontraste?
—Tu nombre aparece en casi todos.
La puerta de la sala se abrió.
Las dos nos sobresaltamos.
Era una compañera.
—Perdón. Pensé que estaba vacía.
—Dame cinco minutos.
Cerró.
Sofía guardó rápidamente los documentos.
—No puedo quedarme.
Me entregó la memoria.
—Revísala con tu abogada. No abras nada desde una cuenta compartida con Julián.
La guardé en mi bolso.
Esa noche no regresé directamente a casa.
Fui al despacho de la abogada.
Revisamos la memoria juntas en un equipo aislado de mis cuentas personales.
Había decenas de archivos.
Estados financieros.
Borradores.
Correos.
Fotografías de documentos.
Y una carpeta llamada “M”.
La abogada hizo clic.
Había cinco archivos.
El primero contenía copias de información financiera que yo reconocía.
El segundo era un borrador relacionado con el crédito.
El tercero contenía conversaciones entre Julián e Ingrid.
Leímos varias.
Hasta que apareció una enviada meses atrás.
Ingrid:
“Mientras ella crea que todo esto se trata del bebé, no va a revisar lo demás.”
Se me secó la boca.
—¿Lo demás?
La abogada continuó.
Julián había respondido:
“Necesito tiempo. Si descubre lo de la propiedad antes de firmar, se acabó.”
Me puse de pie.
—¿Qué propiedad?
La abogada abrió el cuarto archivo.
Era un documento relacionado con un inmueble.
La dirección me resultaba conocida.
Demasiado conocida.
Era nuestra casa.
Me acerqué a la pantalla.
—No entiendo.
Ella comenzó a leer cuidadosamente.
—No quiero decirle algo incorrecto antes de revisar el documento completo.
Bajó hasta la última página.
Su expresión cambió.
—Mariana…
—¿Qué?
No respondió.
Se inclinó hacia la pantalla.
—Aquí hay algo que tenemos que verificar inmediatamente.
—¿Qué cosa?
Antes de que pudiera contestar, mi celular vibró.
Julián.
No respondí.
Volvió a llamar.
Lo silencié.
Entonces llegó un mensaje.
“Sé que estás con la abogada.”
Sentí que se me congelaban las manos.
Llegó otro.
“Mi mamá ya me contó todo.”
Y después un tercero:
“Ven a casa. Tenemos que hablar antes de que hagas algo de lo que te arrepientas.”
La abogada vio mi expresión.
—No vaya sola.
Pero antes de que pudiera responderle, su asistente tocó la puerta.
—Licenciada, llegó el documento que solicitó del banco.
La abogada tomó las hojas.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Se quedó completamente quieta.
—¿Qué encontraron?
Ella levantó la mirada.
—El crédito de $1.4 millones no era el objetivo final.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—Entonces, ¿qué era?
La abogada puso sobre el escritorio el documento del banco junto al archivo relacionado con nuestra casa.
Señaló dos fechas.
Eran anteriores al embarazo de Sofía.
Mucho anteriores.
—Mariana, esto empezó antes de que Sofía regresara a la vida de su esposo.
Sentí que todo lo que creía entender volvía a derrumbarse.
—¿Cuánto antes?
—Casi dos años.
Dos años.
Justo cuando yo había comenzado mi segundo tratamiento de fertilidad.
La abogada abrió el último archivo de la memoria USB.
Había una sola fotografía.
Era una hoja firmada.
En la parte superior aparecía mi nombre completo.
Debajo, el nombre de Julián.
Y en una tercera línea aparecía una persona que yo no conocía.
—¿Quién es? —pregunté.
La abogada acercó la imagen.
Su rostro se endureció.
—Eso es precisamente lo que tenemos que averiguar, porque esta persona aparece vinculada tanto al trámite sobre la propiedad como al dinero.
Mi celular volvió a vibrar.
Esta vez no era Julián.
Era Sofía.
Abrí el mensaje.
Sólo había una fotografía y siete palabras:
“Mariana, encontré quién es esa persona.”
Amplié la imagen.
Y cuando vi el rostro del hombre que aparecía junto a Julián e Ingrid, sentí que las piernas me fallaban.
Porque yo sí lo conocía.
Sólo que llevaba años creyendo que jamás volvería a verlo.
Y de pronto entendí por qué todo había comenzado mucho antes del embarazo.
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