—Ese dinero salió de nuestra cuenta conjunta.
—Yo no lo sabía.
—¿Qué pensabas?
—Que era suyo.
Me quedé observando el comprobante.
Yo había trabajado para ahorrar ese dinero.
Parte estaba destinado a otro tratamiento.
Julián había tomado dinero reservado para intentar formar una familia conmigo y lo había utilizado para cubrir los gastos del embarazo de otra mujer.
Pensé que ésa era la revelación que Sofía quería mostrarme.
Me equivoqué.
Sacó otro documento.
—Esto es lo que realmente me preocupa.
Era una impresión de correo electrónico.
El remitente era Julián.
El destinatario era su madre.
Habían hablado de dinero, gastos y de cómo presentarme la situación cuando naciera el bebé.
Una frase me dejó helada:
“Primero necesitamos que Mariana acepte al niño. Después será mucho más fácil convencerla de que no haga un escándalo con las cuentas.”
Leí la frase dos veces.
—¿Qué cuentas?
—Eso mismo pregunté yo.
Sofía sacó su celular.
—Hace cuatro días escuché una conversación entre Julián e Ingrid. Él estaba en mi departamento y dejó su teléfono conectado al sistema del coche. Su mamá llamó cuando él había bajado por comida. Yo contesté pensando que era algo urgente.
—¿Y?
—Ingrid creyó que hablaba con él.
Sofía respiró profundamente.
—Dijo: “No puedes mover más dinero hasta que Mariana firme”.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Firmar qué?
—No sé.
La respuesta me frustró.
—¿Entonces para qué me llamaste?
—Porque ayer Julián me pidió algo.
Abrió una conversación en su celular.
No me entregó el teléfono. Lo puso sobre la mesa para que yo misma leyera.
Julián había escrito:
“Necesito que cuando hables con Mariana le digas que quieres entregar al bebé después del nacimiento.”
Levanté la cabeza.
—¿Entregarlo?
—Eso escribió.
—¿Tú pensabas hacer eso?
—Claro que no.
—Entonces, ¿qué demonios está planeando?
Sofía negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero después me escribió otra cosa.
Deslizó la pantalla.
“Sólo necesito que ella crea que el niño podría quedarse sin una familia estable. Mi mamá sabe cómo convencerla.”
Sentí náuseas.
La conversación del domingo adquirió un significado todavía más siniestro.
No pretendían simplemente pedirme que aceptara al bebé.
Querían fabricar una situación emocional para empujarme a hacerlo.
—¿Por qué?
—Eso intento averiguar.
Me levanté.
Necesitaba aire.
Sofía me sujetó suavemente del brazo.
—Hay algo más.
Me volví.
—¿Qué?
Sacó una hoja doblada.
—Encontré esto en la mochila de Julián.
Era una copia parcial de un documento bancario.
Aparecía mi nombre.
También el de Julián.
Y una referencia a un crédito.
—No entiendo.
—Yo tampoco. Por eso pensé que debías verlo.
Fotografié el documento.
Luego recogí mis cosas.
—No vuelvas a avisarle que hablaste conmigo.
—Mariana…
—No te estoy perdonando, Sofía. Sabías que era un hombre casado.
Ella bajó los ojos.
—Lo sé.
—Pero si Julián te mintió sobre esto también, necesitamos saber qué está haciendo antes de enfrentarlo.
Por primera vez, estuvimos de acuerdo.
Regresé a casa como si nada hubiera ocurrido.
Julián llegó esa noche con tacos al pastor.
—Pensé que podríamos cenar juntos.
Lo miré entrar a la cocina.
Diez años.
Conocía cada gesto suyo.
Sabía cuándo estaba cansado, cuándo estaba preocupado y cuándo estaba fingiendo tranquilidad.
Esa noche estaba fingiendo.
—Qué detalle.
Me besó en la frente.
Tuve que controlar el impulso de apartarme.
Durante la cena mencionó casualmente nuestras finanzas.
—Por cierto, el viernes necesito que firmes unos documentos.
Dejé el tenedor.
—¿Qué documentos?
—Nada importante. Un ajuste del banco.
Ahí estaba.
La firma.
—¿Qué ajuste?
Julián bebió agua antes de responder.
—Es por unas condiciones nuevas de una cuenta. Te explico después.
Sonreí.
—Está bien.
Él pareció relajarse inmediatamente.
Yo no.
Al día siguiente llamé al banco desde mi oficina.
Como cotitular de nuestras cuentas podía consultar los productos que estaban a mi nombre, pero la ejecutiva me explicó que cualquier aclaración sobre un crédito específico debía revisarse formalmente.
Agendé una cita.
Fui sola.