—Mal.
Roberto sonrió.
—Te dije que esos inquilinos eran un problema.
—Conocí a una señora. Mariana.
Por primera vez, la expresión de Roberto cambió.
Solo un segundo.
Pero Alejandro lo vio.
—¿Mariana López?
—Sí.
Roberto bebió café.
—Esa mujer lleva meses inventando historias.
—Tiene una hija.
—Muchos tienen hijos, Alejandro. Esto es negocio.
Aquella frase confirmó algo.
No la culpabilidad.
Pero sí que Roberto sabía perfectamente quién era ella.
—¿Y el proyecto Residencias Alameda Centro?
La taza se detuvo a mitad de camino.
Roberto tardó demasiado en responder.
—¿Qué proyecto?
Alejandro sonrió.
—Nada. Lo vi anunciado y pensé que tal vez era de algún competidor.
—Seguramente.
Roberto dejó el café.
—Tengo una junta.
Y se fue.
Alejandro esperó hasta que la puerta se cerró.
Después llamó a Eduardo.
—Ya sabe que estoy preguntando.
—Entonces tenemos menos tiempo.
Durante las siguientes horas revisaron expedientes.
Los primeros parecían normales.
Hasta que Eduardo encontró una carpeta digital con autorizaciones de “reestructuración operativa”.
—Mira esto.
Había una autorización firmada meses atrás por Alejandro.
Su firma era auténtica.
Eso fue lo peor.
—Yo firmé esto.
—Sí —dijo Eduardo—. Pero lee lo que autorizaste.
El documento permitía a Roberto negociar salidas voluntarias de arrendatarios para realizar mantenimiento.
No permitía vender departamentos.
No permitía recibir pagos en cuentas externas.
Y definitivamente no permitía anunciar una preventa.
—Usó una autorización limitada como si fuera mucho más amplia —dijo Eduardo.
—¿Eso basta?
—Para probar todo, no.
Alejandro golpeó suavemente la mesa.
—Entonces necesitamos algo más.
Eduardo abrió los movimientos bancarios.
No encontró las transferencias de Mariana.
Ni las de otros inquilinos.
—El dinero no entró aquí.
—Entonces ¿a dónde fue?
Necesitaban identificar la cuenta receptora.
Mientras Eduardo hacía llamadas, Alejandro recibió un mensaje.
Era Mariana.
“Señor Cárdenas, alguien estuvo aquí.”
Alejandro respondió inmediatamente.
“¿Quién?”
La respuesta tardó.
“Roberto.”
Alejandro se levantó.
“¿Qué quería?”
Tres puntos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron.
Finalmente llegó una fotografía.
Era un sobre dejado debajo de la puerta.
Dentro había un documento.
“Convenio de terminación voluntaria.”
Y una cifra.
$80,000 pesos.
La oferta había subido de $25,000 a $80,000 en menos de veinticuatro horas.
Eduardo lo miró.
—Está intentando cerrar el asunto.
—¿Por qué tanta prisa?
El abogado señaló la pantalla.
—Porque sabe que viste algo.
Entonces sonó el teléfono de Eduardo.
Escuchó durante casi un minuto.
Su expresión cambió.
—Gracias. Mándamelo.
Colgó.
—Ya identificaron la cuenta.
—¿De Roberto?
—No.
Eso sorprendió a Alejandro.
—Entonces ¿de quién?