ENTRÉ SOLA A UN RESTAURANTE DE GUADALAJARA PORQUE

—Acaba de llegar.
Volteé.
Una mujer de unos sesenta años permanecía junto a la puerta observándome.
Al verme sentada en la misma mesa que utilizaba mi papá, comenzó a llorar.
Después dijo mi nombre.
—Natalia.
Yo jamás había visto a aquella mujer.
Pero ella llevaba colgado del cuello el reloj que acompañó a mi padre durante toda mi infancia.

Parte 2:
La mujer no intentó abrazarme. Se quitó el reloj lentamente y lo dejó sobre la mesa. —Me llamo Amalia Serrano —dijo—. Héctor me pidió que te lo entregara cuando estuvieras preparada para escuchar una historia que él no alcanzó a contarte. Lo primero que pensé fue que mi padre había tenido otra relación. Amalia pareció adivinarlo. —No fui amante de tu papá. Conocí también a tu mamá. Y este reloj llegó a mí mucho antes de que Héctor enfermara.
Abrí el sobre. Dentro había una carta breve y varias fotografías del restaurante. Papá explicaba que, después de jubilarse, empezó a reunirse allí cada jueves con Amalia porque ambos participaban en un pequeño grupo de personas que buscaban reconstruir historias de familiares fallecidos mediante fotografías, cartas y grabaciones. Amalia había perdido a su hijo Andrés hacía nueve años; papá había perdido a mi mamá mucho antes. Se conocieron precisamente porque Andrés había dejado algo relacionado conmigo.
El nombre me resultaba vagamente familiar. Después recordé a un muchacho que trabajó durante algunos meses en el taller de fotografía donde hice mis prácticas universitarias. Casi nunca hablamos. Papá, en cambio, lo conoció mejor de lo que yo imaginaba. Andrés había sido repartidor y fotógrafo eventual, y años atrás encontró una cámara compacta olvidada dentro de un autobús. Intentó localizar a su propietario revisando las imágenes y descubrió fotografías de mi familia: cumpleaños, vacaciones y muchas de mi madre cuando todavía estaba viva.
La cámara era de papá. La había perdido meses después de la muerte de mamá y nunca volvió a mencionarla porque creyó que se la habían robado. Andrés logró localizarlo, se la devolvió y no aceptó recompensa. A partir de entonces se saludaban ocasionalmente. Años después, cuando Andrés murió en un accidente, Amalia encontró entre sus pertenencias una memoria con copias de aquellas fotografías. No sabía quiénes éramos hasta que reconoció a Héctor en una imagen publicada por un conocido.
—¿Y por qué se reunían durante cuatro años? pregunté. Amalia explicó que devolver las fotografías había sido sólo el comienzo. Papá descubrió que Andrés había copiado algunas imágenes porque estaba aprendiendo restauración digital y había intentado reparar fotografías deterioradas. Entre ellas había una secuencia de mi madre que nosotros creíamos perdida. Héctor quiso recuperarlas en buena calidad, pero los archivos estaban repartidos entre discos viejos, memorias y respaldos que Amalia apenas entendía. Los jueves empezaron como una búsqueda y terminaron convirtiéndose en una amistad.
Entonces señalé el reloj. Amalia sonrió con tristeza. Andrés lo había reparado para papá años atrás. Poco antes de morir, Héctor se lo entregó a ella porque el broche volvía a fallar y conocía un relojero que había trabajado con su hijo. —Me pidió que se lo devolviera el jueves siguiente. Nunca regresó. Yo conservé el reloj porque no sabía cómo encontrarte sin aparecer en tu vida con una historia imposible.
—Pero papá sí sabía dónde encontrarme. ¿Por qué no me contó nada? Amalia miró el sobre. La segunda hoja respondía. Héctor había intentado enseñarme varias veces aquellas fotografías después de la muerte de mamá, pero yo atravesaba una etapa en la que evitaba cualquier cosa relacionada con ella. Cada vez que él empezaba a recordar, yo cambiaba de tema. Con los años dejamos de hablar de mamá casi por completo. Papá escribió: “Confundí respetar su dolor con ayudarla a esconderlo.”
Me dolió porque era cierto. Durante años había convertido el silencio en nuestra manera de cuidarnos. Después murió él y repetí exactamente el mismo mecanismo: dejé de mirar fotografías, terminé alejándome de personas y pasaba horas caminando para no regresar a un departamento donde cualquier objeto podía recordarme una pérdida.
Pregunté entonces por qué el restaurante conservaba mi sobre si Amalia podía entregármelo. El gerente explicó que Héctor había dejado dos instrucciones: si yo aparecía algún día en la mesa 14, debían darme la carta; si no aparecía antes de cierta fecha, Amalia debía buscarme personalmente. —¿Por qué esa mesa? pregunté. Nadie respondió inmediatamente.
Amalia abrió su bolso y sacó una fotografía que nunca había visto. Era de 1998. Yo tenía ocho años y estaba sentada precisamente junto a aquella ventana con mis padres. En el reverso, mamá había escrito: “Natalia dice que cuando sea grande vendrá sola porque ésta será su mesa.”
Me cubrí la boca. No recordaba aquella comida.
—Tu papá sí —dijo Amalia.

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