“¿Te cuesta tanto ayudar a mi madre? Mis hermanas tienen las uñas recién hechas”, me reprochó mi esposo frente a tres personas mientras yo sostenía el trapo y el cubo. No levanté la voz. Solo pregunté cuánto habían gastado ese mes y él se burló. Dos semanas después regresé con una cama de metal, las llaves del coche y las cuentas impresas. Entonces comprendió que aquella limpieza no era el verdadero problema.

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