—¿Bueno?
Diego guardó silencio.
—Mariana, soy yo.
Ella estuvo a punto de colgar.
—Espera. No voy a pedirte que vuelvas.
Eso consiguió que ella escuchara.
—Entonces habla.
—Revisé las cuentas.
Mariana cerró los ojos.
—Por fin.
—No sabía que estabas poniendo tanto.
—Sí sabías.
—No completamente.
—Cada mes te mostraba los gastos.
—Yo no los revisaba.
—Exactamente.
Diego respiró con dificultad.
—Pensé que como tú ganabas más…
—¿Que mi dinero estaba disponible para cumplir tus promesas?
Él no respondió.
—Diego, tú quedabas como el hijo generoso. Tú decías: “Yo pago”. Pero cuando no alcanzaba, el dinero salía de nuestra cuenta. Y después me decías que no podíamos viajar, cambiar los frenos o ahorrar para una casa.
—Lo sé.
—No. Ahora lo sabes.
Hubo varios segundos de silencio.
—Quiero verte —dijo él.
—No.
—Solo para hablar.
—Ya estamos hablando.
—Necesito pedirte perdón en persona.
Mariana miró alrededor de su nuevo departamento.
Era pequeño.
Dos recámaras sencillas, una cocina luminosa y un balcón desde donde podía ver las copas de varios árboles.
No era lujoso.
Pero todo lo que había allí estaba exactamente donde ella había decidido colocarlo.
—No necesito verte para escuchar un perdón.
La voz de Diego se quebró.
—Te convertí en la persona que resolvía todo y después actué como si resolverlo fuera tu obligación.
Mariana permaneció callada.
—Y permití que mi mamá y mis hermanas hicieran lo mismo.
—Sí.
—Te hice sentir que eras menos importante que ellas.
—También.
—No tengo excusa.
Esa fue la primera frase que hizo que Mariana sintiera algo diferente.
Durante años Diego siempre había tenido una explicación.
“Mi mamá está sola.”
“Mis hermanas no pueden.”
“Tú eres más fuerte.”
“Es solo esta vez.”
“Somos familia.”
Ahora no había ninguna.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Mariana.
—No sé.
—Entonces averígualo sin utilizarme para resolverlo.
Y colgó.
Los días siguientes fueron incómodos para Diego.
Dejó de pagar las salidas de sus hermanas.
Canceló dos suscripciones.
Entregó las tarjetas adicionales.
Les dijo que cada una tendría que aportar para internet, luz y comida.
Paola se indignó.
—¿Quieres cobrarnos por vivir en nuestra propia casa?
—Yo también vivo aquí y voy a aportar.
—Pero tú eres hombre. Tú ganas más.
—Y ustedes tienen treinta y dos años.
Doña Carmen trató de defenderlas.
—Las muchachas todavía están buscando su camino.
—Mamá, llevan buscando su camino desde hace diez años.
Fernanda comenzó a llorar.
—Mariana te puso en nuestra contra.
—Mariana no está aquí.
Aquella respuesta dejó a todos en silencio.
Porque era verdad.
Mariana no estaba manipulando nada.
No estaba llamando.
No estaba exigiendo.
No estaba castigando.
Simplemente había dejado de sostenerlos.
Y al retirar sus manos, todo el sistema comenzó a caer por su propio peso.
Dos semanas después, Paola consiguió trabajo en una tienda de cosméticos gracias a una amiga.
Fernanda empezó a ayudar en un pequeño negocio de repostería administrando redes sociales.
No porque de repente hubieran descubierto una pasión por la independencia.
Sino porque las facturas seguían llegando.
Doña Carmen contrató a una señora para hacer limpieza profunda una vez cada quince días.
Cuando recibió la primera cuenta, se quedó mirando el papel.
—¡Cobra muchísimo!
Diego casi se rio.
—Mariana lo hacía gratis cada semana.
Su madre no respondió.
Un mes después, Diego pidió encontrarse con Mariana nuevamente.
Esta vez ella aceptó.
Se reunieron en una cafetería cerca de Plaza de Armas.
Mariana llegó primero.
Diego apareció caminando.
—¿Y el coche?
—Lo vendí.
Ella arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—No podía pagar el crédito y las reparaciones. Compré uno usado más barato.
Mariana asintió.
—Buena decisión.
Diego parecía diferente.
No más elegante.