“¿Te cuesta tanto ayudar a mi madre? Mis hermanas tienen las uñas recién hechas”, me reprochó mi esposo frente a tres personas mientras yo sostenía el trapo y el cubo. No levanté la voz. Solo pregunté cuánto habían gastado ese mes y él se burló. Dos semanas después regresé con una cama de metal, las llaves del coche y las cuentas impresas. Entonces comprendió que aquella limpieza no era el verdadero problema.

—Yo también.

Diego no contestó.

Esa noche, Mariana abrió la aplicación bancaria.

Transferencias.

Compras.

Pagos.

Recargas.

Sumó todo.

En menos de un año, una cantidad absurda del ingreso de su matrimonio había terminado financiando la vida de tres mujeres perfectamente capaces de trabajar.

Mariana miró la cifra durante un largo rato.

Después buscó en sus contactos a una vieja amiga que trabajaba en bienes raíces.

—Laura, necesito preguntarte algo… ¿cuánto cuesta rentar un departamento pequeño para una sola persona?

Y mientras escuchaba la respuesta, Mariana comprendió que no estaba buscando una casa.

Estaba buscando una salida.

Porque lo que hizo durante las dos semanas siguientes fue algo que Diego, su madre y sus hermanas jamás imaginaron.

Y todavía no podían creer lo que estaba a punto de ocurrir…

PARTE 2

Durante los siguientes quince días, Mariana dejó de discutir.

Y eso fue precisamente lo que más confundió a Diego.

Simplemente dejó de hacer cosas.

El lunes llegó de trabajar, se bañó y se preparó una ensalada.

Diego abrió el refrigerador.

—¿Y la cena?

—Yo ya cené.

—¿No cocinaste?

—Hay huevos.

Diego la miró sorprendido.

—Pero tú siempre haces algo.

—Pues hoy no.

El miércoles se terminó su shampoo.

—Mariana, cuando vayas al súper, cómprame otro.

—Ve tú.

—¿Para qué? Tú eres la que hace la despensa.

—Era.

Diego pensó que se trataba de un berrinche.

Su madre también.

—Déjala —le dijo doña Carmen por teléfono—. Cuando una mujer se enoja, lo peor es darle importancia. Se le pasa sola.

Mariana escuchó aquella conversación desde el pasillo.

Después de colgar, Diego se acercó sonriendo.

—El sábado vamos con mi mamá. Quiere hacer limpieza grande antes de Semana Santa. Hay que lavar ventanas, cortinas y limpiar arriba de los muebles.

Mariana lo observó.

—Claro.

Diego sonrió satisfecho.

—Sabía que ya se te había pasado.

—Hasta voy a llevar una sorpresa para tu mamá.

Eso lo dejó encantado.

El viernes por la noche Mariana guardó documentos, ropa, medicamentos y algunas fotografías en una maleta pequeña.

Diego estaba jugando videojuegos.

—¿Vas a salir?

—Estoy ordenando cosas.

Él ni siquiera volteó.

El sábado llegaron a casa de doña Carmen poco después del mediodía.

Paola y Fernanda estaban tomando café en la sala.

—Llegó nuestro refuerzo —bromeó Fernanda.

Paola señaló hacia una cubeta.

—Empieza por las ventanas antes de que se vaya el sol.

Doña Carmen apareció usando un delantal.

—Diego, hijo, ven a comer. Te preparé milanesa. Mariana, tú ponte una camiseta vieja porque las ventanas tienen mucha mugre.

Mariana permaneció de pie.

—No voy a limpiar.

El silencio fue inmediato.

Doña Carmen frunció el ceño.

—¿Cómo?

—No voy a lavar ventanas. Tampoco pisos. Ni baños. Ni cortinas.

—¿Estás enferma?

—No. Estoy perfectamente.

Diego salió de la cocina.

—Mariana, no hagas escenas.

—No estoy haciendo ninguna escena. Solo dije que no.

—¿Y quién va a ayudar a mi mamá?

Mariana señaló a las gemelas.

—Sus hijas.

Paola levantó las manos.

—¡Yo tengo cita a las cuatro!

—Yo también —añadió Fernanda—. Además acabamos de arreglarnos las uñas.

Diego miró a su esposa con fastidio.

—¿Ves? No pueden.

Mariana sonrió.

—Claro. Olvidé que la manicura es una incapacidad permanente.

Antes de que alguien respondiera, sonó el timbre.

Mariana abrió.

Dos empleados de una tienda cargaban una cama plegable de metal envuelta en plástico.

—¿Señora Mariana López?

—Sí. Pásenla.

Los hombres colocaron la cama en medio del pasillo.

Era angosta, sencilla y tenía un colchón delgado de rayas grises.

Doña Carmen abrió la boca.

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