—Separando cuentas.
—¡Soy tu esposo!
—Precisamente por eso duele tanto.
Alejandro intentó abrir la puerta.
—Vámonos de aquí.
Mariana desbloqueó los seguros.
—Puedes bajarte.
Él la miró incrédulo.
—¿Me vas a dejar aquí?
—Hay guardias, oficinas y señal de celular. Pide un taxi. O llama a tu mamá. Está a menos de cuarenta minutos.
—Estás loca.
Mariana lo miró por primera vez directamente.
—No. Estaba cansada.
Alejandro salió furioso con la mayonesa todavía en las manos.
—¡Te vas a arrepentir!
—Puede ser. Pero hoy no.
Él golpeó suavemente el techo de la camioneta.
—¡No puedes llegar a la casa y sacarme así nada más!
—No voy a hacer nada “así nada más”. Mañana hablaré con una abogada. Tus cosas se entregarán como corresponda y nuestra separación se hará legalmente.
Alejandro abrió la boca, pero no encontró respuesta.
—Y otra cosa —añadió Mariana—. Esta noche voy a dormir sola en mi departamento. Tú puedes quedarte con tu mamá. Después de todo, ella ya preparó una cubeta para recibirte.
Mariana arrancó.
En el espejo vio a Alejandro sacar el teléfono.
Cinco segundos después comenzó a sonar el de ella.
ALEJANDRO.
Rechazó la llamada.
Después apareció otro nombre.
DOÑA TERESA.
Mariana también colgó.
Pero antes de poder bloquearla entró un mensaje.
“Ni creas que esto se va a quedar así. Mi hijo tiene derechos sobre todo lo que has comprado desde que se casaron. Y cuando sepas lo que Alejandro hizo con el dinero que te pidió el año pasado, vas a entender quién debería estar preocupada.”
Mariana frenó en seco.
Leyó el mensaje nuevamente.
El año anterior Alejandro le había pedido ciento ochenta mil pesos.
Según él, eran para cubrir una deuda médica urgente de su madre.
Mariana nunca había visto una sola factura.
Nunca había preguntado.
En aquel momento simplemente había transferido el dinero.
Abrió la aplicación bancaria y buscó la operación.
Ahí estaba.
$180,000 MXN.
Transferencia a Alejandro Ramírez.
Mariana sintió por primera vez en todo el día que las manos le temblaban.
Llamó inmediatamente a su banco y después a Fernanda, una amiga abogada.
—Necesito que me ayudes a revisar algo.
—¿Qué pasó?
Mariana respiró hondo.
—Creo que mi esposo no sólo me ha estado usando para limpiar la casa de su mamá.
Al otro lado hubo silencio.
—¿Cuánto dinero estamos hablando?
—Todavía no lo sé.
Y ése era precisamente el problema.
Porque cuando Mariana comenzó a revisar los movimientos de los últimos dos años, encontró una segunda transferencia que no recordaba haber autorizado personalmente.
Luego una tercera.
Y todas conducían al mismo lugar.
Una cuenta relacionada con Alejandro.
Mariana todavía no sabía qué significaban.
Pero una hora después, Fernanda encontró un documento que cambió por completo la historia.
—Mariana —dijo con voz seria—, necesito que vengas a mi despacho.
—¿Qué encontraste?
Fernanda tardó unos segundos en responder.
—Algo que tu esposo y tu suegra probablemente nunca pensaron que descubrirías.
Y antes de colgar añadió:
—No llames a Alejandro todavía. Si esto es lo que parece, la cubeta y el trapeador son el menor de tus problemas.
PARTE 3
Mariana llegó al despacho de Fernanda poco después de las seis de la tarde.
Ya no sentía la tranquilidad fría que había tenido en el centro de residuos.
Ahora sentía miedo.
No por Alejandro.
Por lo que todavía ignoraba.
Fernanda la esperaba con la computadora abierta.
—Primero dime algo —preguntó—. ¿Alguna vez autorizaste a Alejandro a solicitar créditos usando tus comprobantes de ingresos?
—No.
—¿Le diste copias de tus estados de cuenta?
Mariana pensó.
—Sí. Hace dos años. Íbamos a solicitar un crédito automotriz y él me pidió varios documentos.
Fernanda giró la pantalla.
—Mira esto.
Era una solicitud de préstamo personal.
Solicitante: Alejandro Ramírez.
Como referencia de solvencia aparecían documentos de Mariana y comprobantes correspondientes a su domicilio.
No era un crédito contratado a nombre de ella, pero Alejandro había utilizado los ingresos familiares y la dirección para aparentar una capacidad económica muy superior a la suya.