Después de echarme del coche frente a una terminal, mi esposo se burló: “Si mañana estoy de buenas, vendré por ti”. Yo llevaba 9 años dependiendo de él y solo tenía 480 pesos. No le rogué que regresara; hice una llamada y abrí un testamento que acababan de entregarme… sin imaginar que su nombre aparecía en el documento más peligroso.

Adriana nunca respondió.

En el aniversario de la muerte de Ernesto, la familia fue al panteón.

Después acompañaron a Diego a la Central del Norte. Se iba tres meses a hacer prácticas en Querétaro.

Mientras Mariana le daba recomendaciones, Adriana vio la banca donde había pasado aquella mañana con una maleta, 480 pesos y la sensación de que su vida se había terminado.

Gabriel se acercó.

—¿Todavía te pesa este lugar?

Adriana negó.

—Aquí no terminó mi vida. Aquí terminó mi miedo a quedarme sola.

Diego subió al autobús.

El teléfono de Adriana vibró.

Era Mauricio.

“Nunca entendí cómo pudiste olvidarme tan rápido”.

Ella leyó el mensaje y guardó el celular.

No lo había olvidado.

Simplemente había aprendido algo que durante nueve años nadie le permitió recordar:

amar a alguien no significa entregarle el derecho de decidir quién eres.

Adriana tomó del brazo a Mariana y caminó hacia la salida.

Un año antes, Mauricio creyó que la estaba dejando sin nada frente a una terminal.

En realidad, sin saberlo, había abierto la única puerta que durante años se empeñó en mantener cerrada: la puerta por la que Adriana volvió a encontrarse consigo misma.
jonh

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