El rostro, más pesado.
Pero la mirada era idéntica.
Era Rogelio.
Mi tío.
El hombre que había llevado a mi madre a perder su casa estaba ahora intentando quitarle la suya al hombre que pagó su funeral.
Después de diecisiete años, las dos personas que habían definido mi vida estaban frente a mí, una sobre el suelo y la otra pisoteándola.
Metí la mano al bolsillo.
Toqué el viejo sobre café.
Y crucé el portón.
Rogelio me miró sin reconocerme.
—¿Y tú quién demonios eres?
Sonreí apenas.
Porque por fin había llegado el momento que esperé durante diecisiete años.
Y él todavía no tenía idea de quién acababa de entrar a ese patio.
PARTE 3
—Sólo alguien que vio a un anciano tirado en el suelo —respondí—. Y decidió entrar.
Rogelio me examinó de arriba abajo.
El abrigo, el reloj, los zapatos.
Él siempre había medido a las personas por lo que aparentaban valer.
—Entonces sigue tu camino. Esto no te importa.
Me acerqué a don Ernesto.
—¿Está lastimado?
—No… no mucho.
Intentó levantarse solo.
Lo sostuve del brazo.
Sentí un nudo en la garganta.
Aquella mano envejecida era la misma que diecisiete años antes había colocado todos sus ahorros dentro de la mía.
Me quité el abrigo y se lo puse sobre los hombros.
—No necesita hacer eso —murmuró.
—Sí necesito.
Rogelio soltó una carcajada.
—Qué bonito. ¿Ya terminamos con la escena?
Me puse entre ambos.
—¿Cuánto debe?
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Dijo que quiere dinero. ¿Cuánto?
La codicia hizo lo que siempre había hecho con Rogelio: borrarle la prudencia.
—Un millón ochocientos mil pesos.
Don Ernesto abrió los ojos.
—¡Eso no fue lo que pidió mi hijo!
—Intereses, penalizaciones, gastos de cobranza —contestó Rogelio—. Todo está aquí.
Sacó los documentos.
—Entonces podría pagarlos yo.
Rogelio guardó silencio.
—¿Tú?
Saqué el teléfono.
Abrí la aplicación bancaria y dejé visible una de mis cuentas empresariales.
La actitud de mi tío cambió por completo.
De pronto ya no era un intruso.
Era dinero.
—Bueno… si quieres hacer caridad con desconocidos, no seré yo quien te detenga.
—Antes quiero revisar el contrato.
Vaciló apenas unos segundos.
Luego me entregó la carpeta.
Exactamente lo que necesitábamos.
El préstamo original había sido por 420 mil pesos.
Había cláusulas confusas, penalizaciones acumuladas, reconocimientos de adeudo posteriores y una cesión de derechos sobre la casa preparada para que don Ernesto la firmara.
La fecha estaba en blanco.
Levanté la vista.
—¿Y pretende quedarse con una propiedad valuada en más del doble para cubrir una deuda que usted mismo infló?
Rogelio frunció el ceño.
—No eres abogado.
—No hace falta serlo para saber que esto huele muy mal.
Intentó quitarme los documentos.
No se los devolví.
—Dámelos.
—Primero acláreme algo. ¿Por qué amenazó con destruir la casa si no firma?
Se quedó inmóvil.
Había olvidado lo que había dicho minutos antes.
—Yo no amenacé a nadie.
Toqué discretamente el bolsillo donde seguía grabando mi teléfono.
—También escuché que presume tener gente capaz de encargarse de quienes no obedecen.
La cara de Rogelio se endureció.
—Mira, muchacho. No sé quién seas, pero en esta ciudad yo conozco gente. Policías. Funcionarios. Abogados. Si quieres hacerte el héroe, te recomiendo escoger otra familia.
Don Ernesto me jaló suavemente de la manga.
—Váyase, joven. De verdad. Estos hombres son peligrosos.
Incluso en ese momento estaba preocupado por mí.
Eso me confirmó que había llegado el momento.
Mandé un mensaje corto a Mariana:
Entren.
Rogelio vio el movimiento.
—¿A quién llamaste?
—A personas que sí quieren escuchar cómo hace negocios.
Su rostro cambió.
Desde la calle se escucharon varios vehículos detenerse.
Rogelio sonrió otra vez.
—Qué mala suerte la tuya. Seguramente son mis muchachos.
Se acercó demasiado.
—Dentro de un minuto vas a estar en el mismo suelo que este viejo.
Me miró a los ojos.