Todo lo que había ahorrado durante años.
—Don Ernesto, usted necesita este dinero.
—Tu mamá necesita que la despidas dignamente. Yo después veo cómo le hago.
Gracias a él pude pagar un ataúd sencillo, el traslado y un pequeño funeral.
Cuando terminó todo, abracé aquel sobre vacío y juré dos cosas.
La primera: algún día devolvería a don Ernesto muchísimo más de lo que me había dado.
La segunda: jamás volvería a arrodillarme frente a mi tío.
Dos días después salí de Toluca con una mochila, los documentos de mi madre y aquel sobre café doblado dentro de mi chamarra.
Tenía quince años.
No tenía familia.
No tenía dinero.
Pero llevaba conmigo una deuda de gratitud… y otra que algún día pensaba cobrar.
Lo que jamás imaginé fue que, diecisiete años después, ambas deudas me esperarían exactamente en el mismo lugar.
Y no podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Diecisiete años después regresé a Toluca sentado en la parte trasera de una camioneta ejecutiva.
Tenía treinta y dos años.
Durante mucho tiempo trabajé cargando material, repartiendo comida y limpiando oficinas mientras estudiaba por las noches. Después aprendí programación, finanzas y administración. Fundé una pequeña empresa tecnológica en Ciudad de México que, con los años, terminó convirtiéndose en un grupo de inversión con cientos de empleados.
Pero nunca tiré aquel sobre café.
Tampoco olvidé a Rogelio.
Meses antes de regresar había contratado a Mariana Torres, una abogada especializada en fraudes financieros.
Le entregué los documentos de mi mamá.
—No quiero venganza fuera de la ley —le dije—. Quiero saber qué hizo, a cuántas personas se lo hizo y si todavía sigue haciéndolo.
La investigación fue peor de lo que imaginábamos.
Rogelio continuaba prestando dinero mediante varias empresas.
Buscaba pequeños comerciantes desesperados, familias con gastos médicos o personas rechazadas por bancos.
Les ofrecía dinero rápido.
Después aparecían penalizaciones, documentos adicionales, avales y convenios que terminaban convirtiendo una deuda manejable en una cantidad imposible.
Cuando el deudor ya no podía pagar, Rogelio iba por propiedades.
Locales.
Terrenos.
Casas.
Mi mamá había sido solamente una de muchas víctimas.
Mariana y su equipo localizaron antiguos contratos, transferencias, testimonios y propiedades adquiridas mediante operaciones sospechosas. Varias familias estaban dispuestas a denunciar.
La Fiscalía ya había recibido información.
Sólo faltaba cerrar algunas piezas.
Pero antes de enfrentar a Rogelio, yo tenía otra prioridad.
Don Ernesto.
Durante diecisiete años imaginé nuestro reencuentro.
Pensaba entrar a su casa, abrazarlo y entregarle las llaves de una vida tranquila.
Pedí al chofer que se detuviera antes de llegar a la calle donde él vivía.
Quería caminar.
La colonia había envejecido.
Había negocios cerrados, fachadas despintadas y casas convertidas en terrenos vacíos.
Cuando doblé la esquina reconocí la pequeña vivienda de don Ernesto.
Y escuché un grito.
—¡Firma de una vez!
Me detuve.
El portón estaba abierto.
Dentro del patio vi a un anciano tirado sobre el suelo húmedo.
Era don Ernesto.
Había envejecido muchísimo.
Su chamarra estaba rota y una de sus manos temblaba mientras intentaba levantarse.
Frente a él había un hombre corpulento con abrigo caro y varios documentos.
—Por favor —decía don Ernesto—. No me quite mi casa. Déjeme pagar poco a poco con mi pensión.
—Con tu pensión no pagas esto ni en veinte años.
Me escondí detrás del muro y encendí la grabadora del teléfono.
El desconocido continuó:
—Tu hijo pidió el dinero. Tú firmaste como obligado solidario. Él desapareció. Ahora pagas tú.
—A mi hijo le dijeron que eran condiciones fáciles.
—Eso debió pensarlo antes.
—Ya le entregué herramientas, la camioneta, mis ahorros…
—Me falta la casa.
Sentí que me ardían las manos.
Mariana me había advertido que no interviniera impulsivamente si encontraba una situación así. Una amenaza grabada podía valer más que cien golpes.
Entonces escuché algo que me heló.
—Las personas que no tienen dinero sirven para eso, don Ernesto: para entregar lo poco que poseen a quienes sí sabemos hacer negocios.
Conocía esa frase.
No exactamente las palabras.
Pero sí la idea.
La había escuchado a mis quince años.
Me acerqué lentamente al portón.
El hombre pateó hacia don Ernesto una carpeta.
—Firma la cesión de la casa y terminamos.
—No tengo dónde vivir.
—Eso no es asunto mío.
Luego lo empujó con el zapato.
Don Ernesto cayó de lado.
Di un paso hacia el patio.
En ese momento el hombre se volvió.
Y durante un segundo sentí que regresaba a aquella tarde lluviosa frente a un portón negro.
El cabello estaba más gris.