A la mañana siguiente estábamos desayunando cuando Laura dejó su taza sobre la mesa.
—Voy a volver a trabajar.
Rodrigo levantó la vista.
—¿Qué?
—Voy a buscar empleo.
—¿Para qué? No necesitas trabajar.
—Sí necesito.
—Laura, yo gano suficiente.
Ella negó con la cabeza.
—No estoy hablando de cuánto ganas tú. Estoy hablando de tener mi propio dinero, mis propias decisiones y mi propia vida.
Rodrigo dejó el tenedor.
—¿Tu papá te está metiendo ideas?
Laura miró directamente a su marido.
—No. Mi papá me recordó algo que yo había olvidado: antes de casarme contigo también sabía decidir.
El silencio se volvió incómodo.
Rodrigo me observó como si quisiera culparme de todo.
Yo seguí desayunando.
—Esto es exactamente lo que quería evitar —murmuró—. Desde que usted empezó con lo de la casa, Laura está cambiando.
Entonces levanté la mirada.
—Quizá el problema no sea que está cambiando. Quizá el problema sea que está dejando de tenerte miedo.
Rodrigo empujó la silla y salió.
Esa tarde no regresó hasta casi medianoche.
Durante las semanas siguientes, Laura comenzó a mandar currículums. Había estudiado administración, pero llevaba seis años fuera del mercado laboral. Recibió varios rechazos.
Rodrigo aprovechaba cada uno.
—Te dije que nadie iba a contratarte después de tantos años.
Laura ya no se derrumbaba.
Seguía enviando solicitudes.
Un viernes la llamó una clínica dental de Providencia. Necesitaban una coordinadora administrativa.
Hizo la entrevista.
Dos días después recibió la noticia.
La habían contratado.
El sueldo no era extraordinario.
Pero cuando vi a mi hija sosteniendo su primer contrato laboral en años, parecía que hubiera ganado millones.
Aquella noche Rodrigo no celebró.
—¿Y quién va a encargarse de la casa?
Laura respondió:
—Los dos vivimos aquí. Los dos podemos encargarnos.
Yo tuve que mirar hacia mi plato para ocultar una sonrisa.
Durante los meses siguientes, algo empezó a transformarse.
Laura abrió una cuenta bancaria propia.
Volvió a hablar con amigas que casi no veía.
Compró con su primer sueldo unos zapatos que llevaba meses queriendo sin preguntarle permiso a nadie.
Era un detalle pequeño, pero para ella significaba muchísimo.
Rodrigo también cambió.
Al principio no por convicción.
Por miedo.
La notificación de Ernesto le había hecho entender que yo realmente podía exigir la división de la propiedad o vender mi participación.
Y había algo que Rodrigo valoraba casi tanto como su orgullo: aquella casa.
Una mañana me encontró tomando café en el patio.
—Don Alfredo, ¿podemos hablar?