A las ocho en punto sonó el timbre.
Valeria frunció el ceño.
Abrí.
Entró Javier acompañado de Andrés, Ricardo y una representante legal encargada de recabar información sobre las operaciones cuestionadas.
Valeria se levantó.
—¿Qué significa esto?
—Necesitamos revisar varios movimientos realizados mediante el poder otorgado por su esposo —explicó Javier.
La sonrisa de Mauricio desapareció.
Teresa reaccionó rápido.
—No tienen derecho a entrar así.
—Tenemos autorización del propietario.
Valeria soltó una risa nerviosa.
—Diego no puede autorizar nada.
Entonces escuchamos unas ruedas en el pasillo.
La doctora Lucía apareció empujando una silla de ruedas.
Diego estaba sentado en ella.
Muy delgado.
Pálido.
Pero despierto.
Sus ojos recorrieron primero la cocina.
Luego a Mauricio ocupando su silla.
Finalmente se detuvieron en Valeria.
La taza que ella sostenía golpeó contra el plato.
—Diego…
Nadie respondió durante varios segundos.
Mi hijo habló despacio.
—Buenos días, Valeria.
Ella retrocedió.
—¿Desde cuándo…?
—Lo suficiente.
Nunca olvidaré su rostro.
Durante meses había repetido que Diego “ya no estaba”.
Había hablado con Mauricio delante de su cuarto.
Había permitido que él guardara ropa en su clóset.
Había retirado fotografías de su matrimonio.
Había intentado limitar mis visitas.
Y durante todo ese tiempo existía la posibilidad de que Diego escuchara.
Ahora lo comprendía.
—Podemos explicar todo —dijo finalmente.
Diego la miró.
—Entonces empieza con las transferencias.
Mauricio se levantó.
—Yo me voy. Esto es un problema familiar.
Ricardo colocó varias hojas sobre la mesa.
—También aparecen pagos recibidos por usted, Mauricio.
El hombre se quedó quieto.
Uno por uno comenzaron a salir los documentos.
Fechas.
Montos.