PARTE 3
Gabriel volvió a Guadalajara ese mismo día.
El doctor Héctor Salgado lo recibió en su oficina sin ofrecerle asiento. Sobre el escritorio estaba la carpeta de la investigación de Gabriel y una carta de recomendación para una clínica privada de prestigio en Ciudad de México.
—Todavía podemos corregir esto —dijo Salgado—. Fernanda está dispuesta a hablar contigo. Nadie tiene por qué enterarse de lo demás.
Durante ocho años, Gabriel había querido ese momento. Había aceptado guardias imposibles, congresos, humillaciones y años de obediencia porque creía que al final todo tendría sentido cuando su nombre apareciera junto al de los mejores cirujanos del país.
Salgado señaló la silla.
—No tires tu carrera por una enfermera de pueblo y un embarazo que ni siquiera planeaste.
Gabriel no se sentó.
Sacó una hoja doblada del bolsillo y la puso sobre el escritorio.
Era su renuncia al proyecto.
—No estoy tirando mi carrera. Estoy dejando de usarla como excusa.
Salgado se quitó los lentes.
—Sin mi respaldo no tendrás la subespecialidad que esperabas. Tampoco te recomendaré en Ciudad de México.
—Lo sé.
—Terminarás en hospitales donde falta hasta material.
Gabriel recordó a Mariana contando gasas después de doce horas de turno.
—Quizá ahí aprenda algo que aquí nunca aprendí.
—Te arrepentirás.
—Puede ser. Pero prefiero perder una plaza que seguir sabiendo que abandoné a mi hija para conservarla.
Una semana después aceptó una plaza de cirugía general en Los Altos de Jalisco. El sueldo era menor y el equipo más viejo. Algunos días debía recorrer varios municipios para atender casos que antes mandaban directamente a Guadalajara.
Mariana se enteró por Teresa, no por él.
Gabriel también abrió una cuenta a nombre de la niña para gastos médicos y estudios. No depositó una fortuna ni intentó impresionarla. Solo dejó todo formal y documentado.
Después comenzó a presentarse en casa de Rosa una vez por semana.
El primer domingo llevó pañales.
Mariana lo miró desde la puerta.
—Te dije que no compraras cosas sin preguntar.
—Pregunté.
—¿A quién?
Rosa apareció detrás de ella.
—A mí.
Mariana cerró los ojos.
—Mamá.
—¿Qué? Solo me preguntó qué marca usamos.
Gabriel dejó el paquete y se fue. No pidió café. No pidió tocarle el vientre. No pidió que lo perdonaran.
Regresó la semana siguiente con las manos vacías.
Solo preguntó cómo había salido la consulta.
Un mes después, una emergencia cambió algo.
Un trabajador de una empacadora llegó al hospital con una lesión grave en la pierna. El traslado a Guadalajara podía tardar demasiado. Gabriel llegó desde otro municipio y Mariana tuvo que entrar como instrumentista porque faltaba personal.
Cuando se encontraron frente a la mesa, ninguno habló de ellos.
Él extendió la mano.
Ella le puso la pinza correcta.
La lámpara falló dos veces. El monitor era viejo. Faltaba un tamaño de sutura.
Gabriel no gritó.
No humilló a nadie.