Gabriel apretó la mandíbula.
—Ese bebé no es mi problema.
Mariana sacó las llaves del departamento y las dejó junto al sobre.
—Tres años entregándote un bisturí sin que me tiemble la mano. Qué ironía que ahora el que no puede sostener la mirada seas tú.
Veinte minutos después estaba afuera.
A la mañana siguiente tomó un autobús rumbo a Arandas, Jalisco, donde vivía su madre, doña Rosa.
—Estoy embarazada —le dijo al abrir la puerta—. Y el papá decidió que no existimos.
Rosa se quedó muda.
Tres semanas después, Mariana volvió al pequeño hospital donde había comenzado su carrera. Pensó que lo difícil sería criar sola a su hija. Se equivocó.
Llegaron los rumores, las miradas y, finalmente, un documento para reducirle la plaza a medio turno “por su condición”.
—Estoy embarazada, no enferma.
—Precisamente por eso estamos pensando en ti —respondió la jefa con una sonrisa falsa.
Mariana firmó porque necesitaba conservar al menos la mitad del sueldo.
Esa misma tarde encontró en casa un sobre enviado por un despacho jurídico de Guadalajara.
El convenio ofrecía dinero suficiente para pagar un departamento modesto a cambio de que renunciara a reclamar paternidad, manutención o contacto futuro.
Doña Rosa palideció al ver la cifra.
Mariana solo leyó una frase:
“Renuncia a promover cualquier acción para el reconocimiento de paternidad.”
Entonces entendió que Gabriel no solo quería abandonarla.
Quería borrar a su hija antes de que naciera.
Y todavía faltaba descubrir quién estaba realmente detrás de aquel documento.
No podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
Mariana no firmó.
Devolvió el convenio al despacho con una nota:
“No necesito que compren el silencio de mi hija.”
Los meses siguientes fueron duros. Con medio sueldo, el embarazo avanzado y una madre pensionada, cada gasto se apuntaba en una libreta: gas, tortillas, consultas, vitaminas, pañales.
Josefina, una partera veterana del hospital, comenzó a ayudarla.
—La vergüenza le toca a quien abandona, no a quien se queda —le dijo.
Mariana intentó creerle.
Hasta que apareció una mujer desconocida afuera del hospital.
—¿Mariana López?
—Sí.
—Soy Teresa Ortega. La mamá de Gabriel.
Mariana endureció la expresión.
—Si viene a convencerme de firmar, perdió el viaje.
—Vengo porque ya me cansé de proteger a mi hijo de las consecuencias de ser cobarde.