Al día siguiente llamamos al comprador y suspendimos la operación.
Mónica protestó al principio, no porque quisiera echar a Lucía, sino porque temía que retrasar todo convirtiera una situación temporal en un conflicto interminable. Lucía nos sorprendió: ya había solicitado lugar en una vivienda asistida y papá había pagado el depósito.
Esperamos.
Seis semanas después se mudó.
Antes de marcharse nos entregó la fotografía de los cuatro. —Eduardo quería destruirla muchas veces. Yo no lo dejé.
Mónica se quedó con ella.
Vendimos la casa meses después, cuando ya no había nadie detrás del taller ni preguntas urgentes que resolver. Repartimos lo que correspondía y conservamos algunas cosas pequeñas de papá.
Yo me quedé con el reloj que atrasaba siete minutos.
Un domingo visité a Lucía. Doña Celia me había enseñado a preparar una de las comidas que solía llevarle y aparecí con dos recipientes.
Lucía sonrió al verlos.
—Tu papá siempre pedía demasiado.
—Éramos tres hijas. Era su especialidad.
Comimos juntas.
No la convertimos en una nueva madre ni intentamos compensar treinta años de secretos haciéndonos cargo de su vida. Simplemente dejamos de tratarla como el problema escondido detrás de una pared.
Mis hermanas querían vender la casa porque pensaban que sólo estábamos heredando ladrillos. Yo quería esperar porque sentía que papá había dejado algo sin terminar. Las dos cosas eran ciertas. Lo que encontramos detrás del taller no fue otra familia ni una heredera desconocida, sino una consecuencia que nuestros padres habían mantenido fuera de nuestra vista durante casi tres décadas. Papá no nos dejó la obligación de reparar su pasado. Nos dejó unos meses pagados para que, por primera vez, nadie tuviera que resolverlo expulsando a otra persona de su vida.
MIS DOS HERMANAS QUERÍAN VENDER LA CASA DE NUESTRO PADRE