Y entregas mensuales de una farmacia.
Todo pagado por papá.
Gabriela empezó a llorar.
—¿Papá tenía otra familia?
Mónica quiso llamar a la policía.
Yo estaba por aceptar cuando apareció un mensaje en el viejo celular de papá que conservábamos para cancelar sus cuentas.
Procedía de un número sin nombre.
**“Eduardo no vino hoy. ¿Ya sucedió algo?”**
Respondí:
**“Soy su hija.”**
Pasaron casi cinco minutos.
Después llegó otra frase.
**“Entonces antes de vender la casa, pregúntales a tus hermanas qué recuerdan del incendio de 1998.”**
Las tres nos miramos.
Yo tenía seis años aquel año.
Gabriela ocho.
Mónica once.
Ninguna recordaba ningún incendio.
O eso dijimos.
Porque en cuanto pronuncié la fecha, Mónica dejó caer las llaves que llevaba en la mano.
—No contestes más —ordenó.
La miré.
—¿Por qué?
Mi hermana estaba completamente pálida.
Y entonces comprendí algo todavía más inquietante.
Mónica no estaba sorprendida por aquella fecha.
Estaba aterrada de que alguien la hubiera mencionado.
Parte 2:
Mónica recogió las llaves y las apretó dentro del puño. —Porque sí hubo un incendio. Gabriela y yo nos quedamos mirándola. —¿Dónde? —En el taller. Yo tenía once años. Papá nos hizo prometer que nunca hablaríamos de eso. Gabriela negó inmediatamente. —Yo no recuerdo nada. —Porque no estabas ahí cuando empezó.
Según Mónica, una noche de 1998 se despertó por el olor a humo. Vio a papá correr hacia el patio y alcanzó a seguirlo. El antiguo taller ardía por dentro. Antes de que llegaran los bomberos, papá sacó a una mujer joven por la puerta trasera. Tenía quemaduras en un brazo y apenas podía caminar. —Mamá todavía vivía —dije. Mónica asintió. —Y también salió. Estaba gritando que esa mujer nunca debía volver a acercarse a nosotras.
Mi primera idea fue la más obvia: una amante. Pero Mónica aseguró que papá jamás la trató como pareja. La llamó **Lucía** y, mientras esperaba la ambulancia, le repetía: —Yo te dije que no entraras sola. Después nuestros padres nos llevaron durante semanas a casa de una tía. Cuando regresamos, el taller estaba cerrado y recién pintado. Años después mamá murió y nadie volvió a mencionar aquella noche.
—¿Entonces Lucía está ahí atrás? preguntó Gabriela. Mónica empezó a llorar. —No sé. Hace años vi a papá llevando medicinas al taller. Le pregunté si tenía que ver con el incendio. Me dijo que había cosas que una niña no debía cargar y que jamás volviera a preguntar. —Ya no eras una niña. —Precisamente por eso me dio miedo saber.
No llamamos a la policía inmediatamente porque desde el otro lado alguien había respondido voluntariamente a la señal de Celia y acababa de escribirnos. En cambio envié otro mensaje: **“Queremos saber si está bien y si desea que llamemos a alguien.”** La respuesta llegó enseguida: **“Estoy bien. No entren por la fuerza. Busquen a la señora Amparo Ríos. Eduardo guardó su número en la libreta azul.”**
Encontramos la libreta dentro del escritorio de papá. Amparo resultó ser una enfermera jubilada. Cuando llegó reconoció a Mónica. —Tú eres la mayor. Luego nos explicó que la persona detrás del taller no estaba encerrada. La pequeña construcción tenía salida independiente hacia otra calle. Papá había levantado una división interna muchos años atrás para darle privacidad.
—¿A quién? pregunté.
Amparo respiró profundamente. —A Lucía Ortega.
Seguía viva.
Tenía sesenta y dos años y padecía una enfermedad neurológica que había reducido mucho su movilidad. Durante años había vivido en otro lugar, pero cuatro años atrás perdió a la mujer con quien compartía vivienda. Papá entonces adaptó aquella construcción para que pudiera quedarse temporalmente. Lo temporal terminó convirtiéndose en permanente.
—¿Era pareja de nuestro padre? Gabriela preguntó.
—No.
—¿Entonces por qué hizo todo esto?
Amparo miró a Mónica. —Porque Eduardo se sentía responsable de lo que le ocurrió desde mucho antes del incendio.
Lucía aceptó vernos esa noche.