Mariana lo hizo.
Contrató una mudanza, empacó su equipo, sus macetas y las cosas de Sofía, y regresó al lugar donde había crecido.
La casa estaba vieja, pero seguía en pie.
Su vecina, doña Lupita, casi lloró al verla.
—Eres igualita a Elena cuando regresaba del mercado cargada de plantas.
Fue ella quien le recomendó buscar a Emiliano Salgado para revisar la instalación eléctrica.
Mariana necesitaba lámparas especiales, ventilación y sistemas de riego. El cableado de la casa tenía décadas y podía provocar un incendio.
Esperaba encontrar a un electricista.
En cambio, encontró a un hombre alto, moreno y cubierto de polvo cargando costales junto a una construcción nueva cerca del río.
—Busco al señor Emiliano Salgado.
El hombre sonrió.
—Pues ya lo encontró.
Mariana se puso roja.
Había supuesto que era uno de los albañiles.
Emiliano no se ofendió. Le explicó que aquella propiedad había pertenecido a su abuelo y que él mismo estaba ayudando a reconstruirla.
Ese mismo día fue a revisar la casa de Mariana.
No quiso cobrarle.
—Tu mamá me vendió los primeros árboles que planté aquí. Digamos que tengo una deuda pendiente.
Emiliano terminó cambiando media instalación.
Después ayudó a adaptar una habitación para las plantas tropicales.
Luego apareció con madera para reparar unas ventanas.
Sin darse cuenta, comenzó a formar parte de la rutina de Mariana y Sofía.
Sofía fue la primera en encariñarse.
Emiliano la dejaba alimentar a sus gallinas, le enseñaba a sembrar rábanos y guardaba sus dibujos en el refrigerador.
Mariana descubrió después que aquel hombre que siempre andaba en botas y camisetas viejas no era ningún campesino sin recursos.
Había sido chef y era socio de dos restaurantes en Puebla. Se había mudado al campo después de un divorcio complicado.
—Mi exesposa quería dinero, viajes y una vida que a mí ya me cansó —le confesó—. Yo quería una familia. Ella decía que quería lo mismo hasta que entendí que solo lo decía para que no me fuera.
Mariana no esperaba enamorarse.
Mucho menos tan pronto.
Pero junto a Emiliano volvió a sentirse escuchada.
Pasó un invierno.
Luego una primavera.
El vivero comenzó a funcionar.
Mariana consiguió clientes en Atlixco, Puebla y Cholula. También empezó a colaborar algunas horas con productores de la zona.
Emiliano convirtió un espacio de su terreno en un pequeño invernadero para ella.
Cuando llegaron los primeros fríos, Mariana y Sofía prácticamente vivían en su casa.
Para el siguiente verano, ya no tenía sentido fingir que eran simples vecinos.
Sofía empezó a llamarlo “Emi”.
Meses después, un día se le escapó un “papá”.
Emiliano se quedó inmóvil.
Mariana quiso corregirla.
Él no la dejó.
—Si ella quiere llamarme así, para mí es un regalo.
Rodrigo, mientras tanto, redujo su presencia a transferencias, llamadas ocasionales y promesas incumplidas.
Faltó a dos cumpleaños de Sofía.
No asistió a su festival escolar.
Nunca preguntó por sus calificaciones.
Tres años después de la separación, Mariana y Emiliano se casaron en una ceremonia sencilla en el jardín.
Sofía llevó las flores.