A la mañana siguiente supe lo que había ocurrido en aquella habitación.
Rodrigo había colocado sobre la mesa registros de hoteles, transferencias bancarias y ocho meses de movimientos sospechosos.
Luego empujó el convenio de divorcio hacia Fernanda y miró directamente a Alejandro.
—Te la dejo libre. Su estudio tiene deudas, mi hijo se queda conmigo mientras se resuelve la custodia y ella necesitará dónde vivir. Si tanto la amas, hazte cargo.
Alejandro se quedó mudo.
Fernanda también.
Y entonces Rodrigo hizo la pregunta que los destrozó:
—Alejandro, ¿por qué acabas de llamar a Claudia? ¿Porque necesitas que siga siendo tu esposa para tener una excusa para no quedarte con Fernanda?
Ninguno respondió.
Pero aquello apenas era el principio.
Yo todavía no sabía cuánto dinero de mi propia familia habían usado para financiar aquella relación… y lo que encontré esa madrugada me hizo comprender que la infidelidad era sólo una parte de la traición.
PARTE 2
No lloré cuando llegué a casa.
Abrí mi computadora.
Trabajo en administración de riesgos financieros, así que estaba acostumbrada a seguir rastros de dinero. Durante nueve años jamás había usado esa mirada profesional dentro de mi matrimonio.
Aquella noche dejé de ser la esposa que confiaba.
Me convertí en la mujer que revisaba sus propios recursos.
Encontré primero un faltante de casi un millón doscientos mil pesos entre ahorros conjuntos y movimientos que Alejandro nunca me había explicado.
Había transferencias a Fernanda y a su despacho de diseño.
Ciento ochenta mil.
Ciento cuarenta mil.
Doscientos veinte mil.
Después apareció una factura por remodelación de un departamento en Santa Fe.
Busqué la dirección.
Era un desarrollo nuevo donde Fernanda me había dicho meses atrás que “algún día le encantaría tener un espacio para trabajar”.
Alejandro había pagado parte del enganche.
Seguí buscando.
Hoteles.
Restaurantes.
Un collar.
Clases particulares para Sebastián, el hijo de Fernanda.
Una fiesta de inauguración para su estudio registrada por la constructora de Alejandro como “atención a clientes”.
Cada cargo tenía una fecha.
Y cada fecha destruía un recuerdo.
El día que operaron a mi mamá, Alejandro aseguró que debía viajar a Querétaro para reunirse con un proveedor.
En realidad había pagado un hotel en Ciudad de México.
En mi cumpleaños dijo que no podía salir de una supervisión de obra.
Ese mismo día compró un collar para Fernanda.
Lo peor apareció después.
Cuando murió mi padre, Alejandro me dijo que su empresa atravesaba un problema de liquidez.
Yo puse parte de mi herencia.
Seiscientos mil pesos.
Siete días después, una transferencia de doscientos mil terminó en el estudio de Fernanda disfrazada como “asesoría de interiores”.
A las cuatro de la mañana ya tenía respaldos de estados de cuenta, comprobantes y archivos.
A las siete apareció Alejandro.