—Eso querían discutir. Pero llegó otra cosa.
Me pasó una foto de un documento.
Era un aviso del SAT.
Revisión profunda de ejercicios fiscales anteriores.
Yo conocía demasiado bien los libros de Vértice: pagos fuera de nómina, contratos con fechas alteradas, gastos personales metidos como gastos de operación y “ajustes” que yo llevaba años pidiendo que corrigieran.
Pero lo peor llegó al día siguiente.
La directora de la primaria de Lucía me llamó.
—Señora Adriana, ayer su hermana intentó recoger a su hija. Dijo que usted la había autorizado. Cuando le pedimos la carta correspondiente, insistió y tuvimos que llamar a seguridad.
Se me helaron las manos.
Hasta ese momento la guerra había sido entre adultos.
Ahora habían intentado meter a mi hija.
Llamé a mi abogado, cambié autorizaciones, dejé por escrito que solo Daniel y yo podíamos recogerla y guardé cada mensaje.
Esa misma tarde recibí una llamada de Elena, la contadora de mis padres desde hacía casi treinta años.
Estaba llorando.
—Adriana, necesito verte. Encontré algo durante la revisión del SAT. Algo que tu papá está intentando poner a mi nombre.
—¿Qué cosa?
Guardó silencio.
Luego dijo una frase que me dejó inmóvil:
—Si esos documentos llegan completos a la autoridad, Vértice no solo va a perder dinero. Puede desaparecer.
Y lo que Elena llevaba en su carpeta explicaba por qué mis padres de repente estaban dispuestos a “reconciliarse” conmigo.
PARTE 3
Nos reunimos esa misma noche en una cafetería cerca de avenida Chapultepec.
Elena llegó con una bolsa de tela llena de carpetas.
Elena llevaba casi treinta años en Vértice y siempre había sido quien evitaba que los impulsos de mi padre terminaran en desastre. Esa noche le temblaban las manos.
—Carlos quiere que yo firme una carta —me dijo—. Dice que algunos registros fueron decisiones mías y que él nunca supo nada.
—¿Qué registros?
Abrió una carpeta.
Había pagos en efectivo a empleados que nunca habían sido reportados correctamente, facturas de proveedores vinculados con amigos de mi padre, gastos personales disfrazados de representación y contratos modificados después de firmados para justificar movimientos.
Yo había advertido irregularidades durante años. Siempre respondían: “No seas exagerada” o “Así se ha hecho siempre”.
Pero Elena señaló varias operaciones de los últimos tres años.
—Esto sí es grave. Yo me negué a registrarlo de esta manera. Guardé correos donde se ve quién dio las instrucciones.
—¿Por qué no te fuiste antes?
Me miró con los ojos cansados.
—Por la misma razón que tú no te fuiste antes. Uno confunde lealtad con aguantar.
Esa frase me acompañó durante meses.