Pero para ella el momento más importante no ocurrió dentro de ninguna oficina.
Ocurrió días después en la tienda de doña Chayo.
Mariana estaba comprando leche cuando entró una mujer que años atrás había retirado a su hija de una actividad escolar porque no quería que conviviera con “la hija de la ladrona”.
La mujer se acercó lentamente.
—Mariana…
Ella se volvió.
—Yo te juzgué sin saber.
Mariana no respondió.
—Perdóname.
Después llegaron otras disculpas.
Algunas sinceras.
Otras incómodas.
Otras demasiado tardías.
Mariana comprendió que no tenía obligación de perdonar a todo el mundo.
La justicia no consistía en fingir que nada había ocurrido.
Consistía en recuperar el derecho de decidir qué hacer con aquello.
Con la reparación económica pudo dejar definitivamente los trabajos de limpieza. No compró lujos. Se inscribió para terminar los estudios de administración que había abandonado y guardó parte del dinero para Sofía.
Un mes después, Alejandro encontró a Mariana en el pequeño corredor de la casa.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Depende.
—Eso suena peligroso.
Ella sonrió.
—Pregunta.
Alejandro se sentó a su lado.
—¿Todo lo que estamos construyendo existe solamente porque soy el padre de Sofía?
Mariana entendió inmediatamente.
—No.
—¿Entonces todavía sientes algo por mí?
Ella miró hacia el jardín.
Sofía perseguía mariposas entre unas plantas recién sembradas.
—Ese es justamente el problema.
Alejandro esperó.
—Nunca dejé de quererte por completo.
Él contuvo el aire.
—Pero querer a alguien no borra veintiséis años. No convierte automáticamente el abandono en una equivocación pequeña.
—Lo sé.
—Yo necesito algo más que amor.
—Dime qué.
Mariana finalmente lo miró.
—Necesito saber que cuando la vida deje de parecerte bonita también vas a estar aquí.
Alejandro no hizo otra promesa grandiosa.