Hasta ese momento todos habían supuesto que Rodrigo había engañado también a su padre, aprovechando el carácter autoritario del viejo para convertir a Mariana en culpable.
Lucía acababa de destruir esa explicación.
—¿Y qué hizo tu padre?
—Primero enfrentó a Rodrigo. Discutieron horrible. Rodrigo confesó que debía dinero y prometió devolverlo. Mi padre dijo que un escándalo acabaría con el apellido Robles.
Lucía abrió la carpeta.
Dentro había copias de correos impresos, movimientos bancarios y una nota escrita a mano.
—Dos días después comenzaron a hablar de Mariana.
Alejandro sintió náuseas.
—¿Quieres decir que don Ernesto permitió que acusaran a una mujer inocente para proteger a su hijo?
Lucía bajó los ojos.
—No solamente lo permitió. Él decidió hacerlo.
Aquella misma tarde Mariana llegó al rancho.
Leyó cada hoja sin decir una palabra.
Una de ellas contenía instrucciones enviadas por don Ernesto a un abogado de la familia: debían centrar cualquier revisión interna en Mariana porque ella tenía acceso administrativo a las cuentas.
Otra registraba una reunión previa donde Rodrigo reconocía movimientos no autorizados.
La prueba más dolorosa era una anotación de don Ernesto.
“Rodrigo devolverá el dinero. El problema debe quedar en la empleada.”
Mariana leyó aquella frase tres veces.
Después dejó el papel sobre la mesa.
—Así que sabían.
Nadie respondió.
—Mientras yo caminaba por el pueblo y la gente escondía sus bolsas cuando me veía entrar a una tienda… ellos sabían.
Su voz empezó a quebrarse.
—Mientras pedía trabajo y me decían que nadie confiaría una caja registradora a una ladrona… ellos sabían.
Alejandro quiso acercarse.
Mariana levantó la mano.
—Todavía no.
Necesitaba terminar.
—Cuando nació Sofía y yo no podía pagar una consulta médica… ellos sabían. Cuando se nos metía el agua por el techo… ellos sabían. Cuando cargué ese colchón por kilómetros porque no tenía para pagar una camioneta… ellos sabían.
Entonces miró a Lucía.
—¿Tú también?
Lucía comenzó a llorar.
—Sí.
Mariana cerró los ojos.
Aquella confesión dolió más que las anteriores.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
—Porque fui cobarde.
No buscó excusas.
Eso hizo que Mariana volviera a mirarla.
—Mi padre controlaba todo. Mi hermano era el favorito. Yo sabía que si hablaba iba a perder a mi familia, mi trabajo, mi parte del rancho… y elegí callarme. Cada año me decía que ya era demasiado tarde para corregirlo.
—Para ti fueron cuatro años de silencio —respondió Mariana—. Para mí fueron cuatro años de castigo.
Lucía asintió.
—Lo sé. Por eso estoy aquí. Estoy dispuesta a declarar.
Mariana permaneció inmóvil.
Finalmente tomó la carpeta.
—Entonces vamos hasta el final.
La nueva evidencia cambió completamente el caso.
Ya no se trataba solamente de demostrar que Rodrigo había desviado dinero. Ahora existían elementos para sostener que la familia había ocultado deliberadamente información mientras permitía que toda la responsabilidad social recayera sobre Mariana.
Los Robles reaccionaron con furia.
Don Ernesto mandó llamar a Lucía.