Le puse sobre la mesa copias del cuaderno azul y de los estados de cuenta.
—Ella te dio dinero para una casa y una boda. Quiso recuperarlo. Tú convertiste eso en una traición contra ti.
—¡Yo no gasté todo! —respondió señalando a su madre—. Ella tomó parte para ayudar a la familia.
Teresa se volvió contra él.
—¡Tú me dijiste que no llamara a nadie! ¡Tú dijiste que primero había que ocultar lo que había pasado!
—¡Y tú aceptaste!
Los observé discutir y comprendí algo terrible: la alianza que habían protegido durante seis años se deshacía en segundos cuando llegó el momento de asumir consecuencias. Uno culpaba a la madre; la otra decía que todo lo había hecho por el hijo.
Ninguno mencionaba a Daniela.
—¡Basta! —grité.
Los dos callaron.
Miré a Diego.
—Durante cinco años pensé que me cuidabas. Ahora sé que lo que más te importaba era tener el control.
—Eso no es verdad.
—Tú decidías los pagos grandes, los seguros, el ahorro de Sofía, quién podía tocar el baño y cuánto podía saber yo de tus cuentas.
—Todo lo hice por ustedes.
—No. Lo hiciste para que ninguna decisión importante existiera fuera de ti.
—Mariana, ¿acaso fui un mal esposo contigo?
Ahí estaba la pregunta con la que había construido toda su defensa.
Respiré profundo.
—Fuiste cariñoso muchas veces. Cuidaste a mi papá. Adoraste a Sofía. Cocinaste cuando yo llegaba cansada. Nada de eso borra lo demás. Ser bueno conmigo no te compra el derecho a controlar mi vida ni convierte en menos grave lo que le hiciste a otra mujer.
Sus ojos se humedecieron.
—Yo te amo.
—El amor no sirve como permiso para decidir quién puede saber la verdad.
En ese momento se abrió la puerta. Mi mamá había subido con Sofía para recoger ropa. Yo les había pedido esperar abajo, pero mi hija corrió al verme.
—¡Papá!
Diego se agachó y abrió los brazos.
—Ven, princesa.
Sofía frenó.
Miró a los agentes, luego a su padre, y dio un paso atrás para esconderse detrás de mi mamá.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero el rostro de Diego se derrumbó.
Por primera vez entendió que la imagen que más había protegido —la del padre perfecto— también podía romperse.
Sofía me preguntó bajito:
—Mamá, ¿hoy dormimos aquí?
La tomé de la mano.
—No. Y ya no vamos a volver a vivir aquí.
Decirlo me produjo una calma que no había sentido en años. No pedí permiso. No expliqué de más. No esperé que nadie aprobara mi decisión.
La investigación siguió durante meses. En la casa del Ajusco hallaron evidencia que vinculó el lugar con Daniela, y doña Teresa quedó bajo investigación por encubrimiento. Sus padres finalmente supieron que su hija no había huido ni los había olvidado. Aquella verdad llegó demasiado tarde para repararles la vida, pero seguía siendo mejor que una mentira eterna.
Sofía y yo vivimos dos meses con mi mamá. Después renté un departamento pequeño cerca de la farmacia. La cocina era estrecha, una ventana no cerraba bien y el sofá dejaba apenas un pasillo para caminar.
Mi mamá entró la primera vez y torció la boca.
—Con la casa tan bonita que tenías, ¿de verdad quieres vivir aquí?
—Sí.
—¿Por qué?