Había obedecido.
Había pasado hambre.
Y yo la había regañado desde cientos de kilómetros porque confiaba más en la voz de un adulto que en la de mi propia hija.
La abracé.
Al principio quedó rígida.
Luego me sujetó la camisa.
—Pensé que no me querías porque me parezco a mamá.
Lloré como no había llorado desde que enterramos a Lucía.
Esa tarde la llevé a comer.
Mariana miró primero los precios del menú.
A mitad del plato comenzó a envolver carne en una servilleta.
—¿Qué haces?
Se asustó.
—Es para mañana.
—Mañana también habrá comida.
Me miró como si aquella idea fuera demasiado buena para creerla.
Esa noche, en el hotel, le pregunté si su abuela alguna vez la había golpeado.
Mariana permaneció en silencio.
—No mucho —respondió finalmente.
Y cuando me explicó qué significaba “no mucho”, supe que el dinero robado apenas era el principio.
Pero antes de enfrentar a mi madre tenía que descubrir exactamente qué había hecho durante esos cinco años.
PARTE 3
Mariana me contó que doña Teresa la golpeaba “cuando desperdiciaba dinero”.
La frase ya era absurda.
Mi hija prácticamente no tenía dinero.
—Una vez compré una libreta —dijo.
—¿Y?
—Costaba ciento veinte pesos. La abuela dijo que había una de cincuenta.
—¿Qué hizo?
Mariana bajó la vista.
—Me pegó con un gancho de ropa en las piernas.
Tuve que levantarme.
Entré al baño del hotel, cerré la puerta y apoyé las manos contra el lavabo.
Mi primer impulso era ir a casa de mi madre.
Gritarle.
Exigirle respuestas.
Pero esa misma noche hablé con mi hermana Laura.
Cuando terminó de escucharme dijo:
—Voy a matar a mamá.
—No.
—Javier, hizo pasar hambre a Mariana.
—Lo sé.
Laura respiró durante varios segundos.
—Entonces vamos a destruir sus mentiras legalmente.
Eso sí tenía sentido.
A la mañana siguiente buscamos a Gabriel Salcedo, un abogado que llevaba asuntos familiares y patrimoniales.