Otra.
Otra más.
Su expresión cambió.
—Roberto… todas llegaron a tu cuenta.
—Porque yo administraba el dinero.
—¿Administrabas qué? —pregunté—. Cuando tu mamá tuvo neumonía, yo fui al hospital todos los días. Cuando se dañó el techo, yo encontré a los albañiles. Cuando necesitó trámites, yo falté al trabajo.
Laura levantó una hoja.
—Te mandé quince mil ese mes.
—Yo nunca recibí un peso —dije.
Doña Elvira observó a su hijo.
—Roberto, dime que esto tiene una explicación.
Él se levantó.
—¡Claro que la tiene! Yo guardaba el dinero para emergencias.
—¿Dónde está?
No respondió.
Laura golpeó la mesa con la palma.
—¡Te pregunté dónde está!
—Tuve gastos.
—¿Tus gastos? ¡Ese dinero era para mamá!
Roberto me señaló.
—¡Ella hacía esas cosas porque quería! Yo nunca la obligué.
Sentí que algo dentro de mí se cerraba definitivamente.
—Tienes razón.
Todos callaron.
—Nunca me pusiste una pistola en la cabeza. Hiciste algo más sencillo. Convertiste mi trabajo en una obligación invisible. Cada vez que había algo difícil decías: “Claudia sabe hacerlo”. Cada vez que tu mamá necesitaba ayuda decías: “Claudia puede”. Después aparecías cuando todo estaba resuelto y aceptabas que te felicitaran por ser buen hijo.
Volteé hacia doña Elvira.
—Yo no me fui porque usted necesitara ayuda. Me fui porque ustedes decidieron que mi vida estaba disponible sin preguntarme.
Ella bajó los ojos.
Roberto tomó su amenaza de divorcio.
—Muy bien. Si tan desgraciada eres conmigo, firma.
Tomé la hoja.
La rompí por la mitad.
Luego otra vez.
Su expresión se transformó en triunfo durante un segundo.
Creyó que me había asustado.
Hasta que saqué otro sobre.
—No necesito tu formato. Ya inicié el procedimiento con mi abogada.
Su boca quedó entreabierta.
—¿Qué hiciste?
—También vamos a resolver la división de los bienes que correspondan conforme a nuestro régimen matrimonial. Ya no pienso discutirlo contigo en la cocina.
La arrogancia desapareció.
—Claudia, estás exagerando.
—No. Dejé de minimizarlo.
Tomé mi bolsa.
Laura seguía mirando los estados de cuenta.
—Quiero que me devuelvas lo que envié para mamá —le dijo—. Hasta el último peso que no puedas justificar.
—Laura, soy tu hermano.
—Precisamente por eso me da más vergüenza.
Doña Elvira se levantó con dificultad.
Roberto corrió hacia ella.
—Mamá, siéntate.
Ella apartó su mano.
—No.
Fue hasta el mueble de los zapatos y lo abrió.
Ahí sólo estaban los zapatos de Roberto y los suyos.
Después miró el cuarto vacío donde supuestamente viviría.
—Ahora entiendo.
—¿Qué entiendes?
Mi suegra lo observó de una forma que jamás le había visto.
—Que esta mujer no se fue de un día para otro. Se llevó su vida poco a poco delante de tus ojos y ni siquiera te diste cuenta.
Roberto se quedó inmóvil.
—Mamá…
—Toda mi vida presumí que tenía un hijo muy atento. Pero parece que la atención siempre venía de las manos de Claudia.
Salí de aquella casa sin mirar atrás.
Esa noche dormí siete horas seguidas.
Puede parecer poca cosa.
Para mí fue un lujo.
Desperté sin escuchar a nadie preguntar qué había de desayunar. Me preparé huevos con jitomate, calenté dos tortillas y comí junto a la ventana.
Por primera vez en décadas mi mañana me pertenecía.