—No.
Todos voltearon.
Roberto apretó la mandíbula.
—¿Cómo que no?
Miré a la trabajadora social.
—Yo no acepté ser la cuidadora principal. Tampoco acepté que doña Elvira viviera en nuestra casa. Roberto decidió todo sin preguntarme.
Mi suegra palideció.
—Claudia… pensé que estábamos de acuerdo.
—Ese es precisamente el problema. Nadie me preguntó.
Roberto bajó la voz.
—No hagas un espectáculo.
Lo miré por primera vez.
—Es más vergonzoso ofrecer el trabajo de tu esposa para parecer un hijo responsable.
La trabajadora social intervino antes de que él explotara.
Explicó que podían combinar apoyo familiar con una cuidadora por horas, entrega de alimentos, rehabilitación a domicilio y adaptaciones sencillas para el baño.
Roberto miraba los folletos como si estuvieran escritos en otro idioma.
Durante treinta y cuatro años todas esas llamadas, formularios y citas habían terminado en mis manos.
Esta vez empujé los folletos hacia él.
—Dénselos a su hijo. Él se encargará.
Me levanté.
Roberto salió detrás de mí.
—¡Claudia! ¿Qué demonios te pasa?
—Nada. Por primera vez te estoy creyendo.
—¿Creyendo qué?
—Que puedes hacerlo tú solo.
Esa noche llegó furioso.
Arrojó los folletos sobre la mesa.
—Me hiciste quedar como un desgraciado.
—Yo sólo dije la verdad.
—¡Es mi madre!
—Exacto. Tu madre.
Se quedó callado.
Y entonces ocurrió algo que terminó de destruir lo poco que quedaba de mi matrimonio.
Roberto entró a bañarse y dejó su celular sobre la mesa.
Yo jamás revisaba su teléfono.
Pero la pantalla se encendió.
Era un mensaje de su hermana Laura, que vivía en Monterrey.
“Te acabo de transferir los 8,000 de este mes para mamá. Contrata a alguien para ayudarla con el baño y la comida, como quedamos. Por favor úsalo para eso.”
Sentí que se me helaban las manos.
Laura llevaba meses enviándole dinero para contratar ayuda.
Y Roberto había decidido que la ayuda sería yo.
Gratis.
Cuando salió del baño tomó su teléfono, vio la transferencia y sonrió.
Yo no dije nada.
Al día siguiente llamé a Laura.
No la acusé.
Sólo pregunté:
—¿Desde cuándo le mandas dinero a Roberto para los cuidados de tu mamá?
Hubo un silencio.
—¿No lo sabías?
—No.
—Claudia… llevo más de un año haciéndolo cuando mamá necesita algo. Cuando tuvo neumonía también le mandé. Y cuando arreglaron su techo.
Sentí una presión en el pecho.
Yo había pasado tardes enteras en aquel hospital.
Yo había buscado a los albañiles.
Yo había pedido permisos en mi trabajo.
Mientras tanto, Roberto cobraba por una ayuda que yo realizaba sin saber que alguien estaba pagando por ella.
Esa misma tarde fui con una abogada de orientación familiar.
Le expliqué todo.
También le conté que teníamos acceso autorizado a ciertas cuentas familiares desde hacía años porque yo llevaba los pagos de la casa.
Revisamos sólo la información a la que yo podía acceder legalmente.
Ahí estaban las transferencias.