Sofía no murió.
Entró en un estado de inconsciencia profunda.
Cuando Sergio revisó sus signos, todavía tenía pulso, aunque débil. Según su declaración posterior, les dijo que debían llevarla a urgencias.
Claudia se negó.
—Si despierta y habla, todos terminamos en la cárcel —les dijo.
Esa frase quedó registrada en un audio.
Fernando la había grabado sin querer desde una cámara de seguridad del comedor que almacenaba sonido en la nube.
La Fiscalía recuperó el archivo.
También recuperó otra conversación.
En ella, Natalia lloraba.
—Esto ya se salió de control. Yo acepté ayudar con los papeles, no matar a una niña.
Y Claudia respondía:
—Ya estás adentro. Si te vas, te hundes con nosotros.
Fernando casi no hablaba.
Hasta que se escuchaba su voz:
—La cremación es mañana a las ocho. Después ya no habrá nada que revisar.
Cuando el fiscal me reprodujo ese audio, sentí que algo se rompía dentro de mí.
No era solo la rabia.
Era la certeza de que el hombre al que alguna vez había amado había escuchado a su propia madre planear la desaparición definitiva de nuestra hija… y había decidido seguir adelante.
Pedí verlo.
Mi abogado me recomendó esperar.
El fiscal también.
No les hice caso.
Fernando estaba detenido en las instalaciones de la Fiscalía, en una sala de entrevistas, sin cinturón, sin agujetas y sin la seguridad insolente que siempre había usado frente a mí.
Cuando entré, levantó la vista.
Parecía haber envejecido diez años en una noche.
—Valeria…
No respondí.
—Yo no quería que llegara tan lejos.
Me senté frente a él.
—Amarraste a nuestra hija dentro de un ataúd.
—Mi mamá dijo que era temporal.
—La iban a cremar.
Fernando cerró los ojos.
—Yo estaba desesperado.
—¿Por dinero?
—Debía casi doce millones de pesos. La empresa estaba quebrada. Beltrán iba a destruirme. Los bancos ya no me prestaban. Mi mamá dijo que si controlábamos el fideicomiso unos meses podíamos cubrir todo y luego…
—¿Luego qué?
No contestó.
—Dilo.
—Luego íbamos a decir que había sido un error de documentación.
Me quedé mirándolo.
Ni siquiera tenía sentido.
Y él lo sabía.
—Sofía me dijo que se portó bien mientras la inyectaban —le dije—. Me dijo que no lloró porque tú le prometiste que si obedecía iba a despertar en otro lugar.
Fernando comenzó a llorar.
—Yo la amo.
—No vuelvas a decir eso.
Mi voz salió tan baja que dejó de llorar.
—Una persona que ama a su hija no la seda durante días. No la esconde. No le quita a su madre. No la mete viva en un ataúd.
—Valeria, por favor…
—Durante tres años me llamaste inestable. Convenciste a un juez de que mi trabajo me hacía peligrosa. Cada vez que yo pedía verla, tú inventabas una enfermedad o una crisis emocional. Y mientras yo pensaba que mi hija me rechazaba, ustedes la estaban enseñando a tenerme miedo.
Fernando bajó la cabeza.