—La cotización está ahí.
—Lo sé.
Me entregó un documento con una propuesta por escrito para cubrir los 12,000 pesos correspondientes al valor acreditado de la bicicleta, a cambio de dejar resuelto exclusivamente ese daño.
Lo leí.
—¿Por qué ahora?
Miró hacia la calle.
—Porque mi esposa vio los videos.
Aquello sí me sorprendió.
—¿Qué tiene que ver ella?
Rogelio se quedó callado.
Después dijo:
—Todo.
Entonces entendí que todavía no conocíamos la historia completa.
—¿Qué quieres decir?
Él se frotó la cara.
—La camioneta está a nombre de ella.
Me quedé mirándolo.
—¿Y?
—Y yo le dije que los daños habían ocurrido porque alguien había dejado una bicicleta en la calle. También le dije que la administración me estaba acosando.
Mateo apareció detrás de mí.
Rogelio lo vio.
Bajó la mirada.
—Ella vio el video.
—¿Y qué pasó?
Rogelio soltó una risa amarga.
—Me dijo que si no arreglaba esto, ella misma iba a entregar algo.
—¿Entregar qué?
No respondió.
En ese momento un automóvil se estacionó frente a nuestra casa.
Una mujer bajó.
Era Laura, la esposa de Rogelio.
Llevaba una carpeta azul.
Rogelio palideció.
—Laura, no.
Ella caminó directamente hacia nosotros.
—Arturo, necesito enseñarte algo.
—¿Qué?
Rogelio se interpuso.
—No tienes que hacer esto.
—Sí —respondió ella—. Porque esto no empezó con la bicicleta.
Sentí que Mateo se acercaba a mi lado.
Laura abrió la carpeta.
Dentro había varias hojas impresas y fotografías.
—Cuando vi el video de la bicicleta —dijo—, revisé la cámara de nuestra cochera.
Rogelio cerró los ojos.
—Encontré grabaciones que él pensó que ya había borrado.
Sacó una memoria USB.
—Y ustedes necesitan verlas.
Rogelio intentó tomarla.
Laura retrocedió.
—Ni se te ocurra.
Ella me entregó la memoria.
—Aquí está la razón por la que Rogelio estaba tan desesperado por saber quién estaba presentando las quejas del fraccionamiento.
—¿Qué hay ahí?
Laura miró a su esposo.
Luego a Mateo.
Y finalmente a mí.
—La bicicleta de tu hijo no fue lo primero que dañó.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué hizo?
Laura abrió la primera fotografía de la carpeta.
Reconocí nuestra calle.
Reconocí la camioneta.
Pero la fecha era de casi dos meses antes.
Y al fondo aparecía algo que hizo que Patricia, que acababa de llegar para hablar con nosotros, se quedara inmóvil en la banqueta.
—No puede ser… —murmuró.
Rogelio se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su casa.
Patricia lo llamó.
—¡Rogelio!
Él no se detuvo.
Yo volví a mirar la fotografía.
Entonces entendí que todas aquellas quejas que los vecinos creían independientes quizá tenían un mismo origen.
Y que Mateo, tratando simplemente de conseguir justicia por una bicicleta de doce mil pesos, acababa de abrir una puerta que nadie en nuestro fraccionamiento sabía que existía.
Conecté la memoria USB a la laptop.
Aparecieron siete archivos de video.
Laura señaló el último.
—Empieza por ese.
Hice doble clic.
La imagen apareció.
Mateo se llevó una mano a la boca.
Carlos dejó escapar una grosería.
Y yo tardé varios segundos en comprender exactamente qué estaba viendo.
Porque en la grabación estaba Rogelio.
Era de noche.
Estaba junto a uno de los vehículos que meses atrás había aparecido dañado.
Miró hacia ambos lados.
Después se acercó lentamente…
y levantó la mano.
El video todavía tenía cuatro minutos por reproducirse.
Y lo que ocurrió después explicaría no solo las otras quejas, sino también por qué Rogelio había estado dispuesto a destruir la bicicleta de mi hijo con tal de que nadie siguiera investigando.
Esta vez, nadie pausó la grabación.