Luego el video.
Rogelio repitió que todo había sido accidental.
Entonces Carlos entró.
La cara de Rogelio cambió.
—¿Qué hace él aquí?
Carlos se sentó.
—Vengo a decir lo que escuché.
Contó toda la conversación.
Rogelio lo acusó de mentir.
Carlos sacó su teléfono.
—Sabía que ibas a decir eso.
Todos guardamos silencio.
—¿Qué tienes? —preguntó Patricia.
—Un mensaje que me mandó Rogelio después del accidente.
Abrió WhatsApp.
El mensaje decía:
“Ni se te ocurra decirle a Arturo lo que hablamos anoche. Ya bastante problema tengo con la bicicleta.”
Rogelio se puso de pie.
—Eso está fuera de contexto.
—Siéntate, por favor —dijo Patricia.
Pero Mateo me miraba a mí.
—Papá.
—¿Qué?
—Todavía falta una cosa.
Yo creí que hablaba de la fotografía.
No.
Sacó su celular.
—Don Ernesto encontró otra grabación anoche.
Rogelio dejó de discutir.
—¿De cuándo?
Mateo no respondió.
Abrió el video.
La pantalla mostraba nuestra calle durante la madrugada posterior al accidente.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después apareció una figura caminando hacia nuestra entrada.
Era Rogelio.
Miró hacia nuestra casa.
Se agachó junto a los restos de la bicicleta que yo todavía no había movido.
Y entonces hizo algo extraño.
Sacó algo del bolsillo.
—¿Qué está haciendo? —pregunté.
Mateo pausó la grabación.
—Eso mismo quería saber.
Ampliamos la imagen.
Rogelio tenía una pequeña pieza metálica en la mano.
El mecánico que había revisado la bicicleta nos había mencionado que faltaba una pieza del sistema de cambio, algo que nos pareció normal después de que la camioneta pasara encima.
Pero ahí estaba Rogelio.
Recogiéndola.
Y guardándola en su bolsillo.
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté.
Nadie habló.
—Rogelio, ¿por qué regresaste de madrugada a llevarte una pieza de la bicicleta de mi hijo?
—No sé qué es eso.
—Estás en video.
—Puede ser cualquier cosa.
Mateo avanzó la grabación.
Rogelio se incorporaba.
Pero antes de irse, se acercaba a la bicicleta.
La movía unos centímetros.
Desde nuestra propiedad…
hacia el borde de la calle.
Sentí que el aire desaparecía del salón.
Todo ese tiempo había repetido la misma frase:
“Estaba demasiado cerca de la calle”.
Ahora sabíamos por qué.
Él mismo había intentado hacer que pareciera así.
Rogelio se levantó.
—Me voy.
Su asesor le susurró algo.
—No. Ya terminamos.
Caminó hacia la puerta.
Pero Mateo habló.
—Todavía no.
Rogelio se giró.
Mi hijo estaba temblando, pero no bajó la mirada.
—Yo tardé once meses en comprar esa bicicleta.
Rogelio no respondió.
—Trabajé sábados. Dejé de comprar cosas. Guardé cada peso que podía.
La voz de Mateo se quebró ligeramente.
—Cuando la aplastaste, yo pensé que lo peor era perderla.
Respiró.
—Pero después entendí que lo peor era que un adulto pudiera hacer algo mal y creer que, con suficiente mentira, todos terminarían aceptándolo.
Nadie dijo nada.
Mateo puso la carpeta sobre la mesa.
—No quiero tus dos mil quinientos pesos.
Rogelio frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Que pagues lo que realmente dañaste.
Dos días después ocurrió algo que no esperaba.
Rogelio llamó a mi puerta.
Solo.
Sin gritos.
Sin amenazas.
Traía un sobre.
—Quiero terminar con esto.
No lo invité a entrar.
—Habla.
—Pago la bicicleta completa.