La fecha correspondía a tres días antes del accidente.
—No entiendo —dije.
Mateo señaló una esquina de la imagen.
—Mira la banqueta.
Amplié la fotografía con los dedos.
Había dos macetas grandes frente a la casa de Rogelio y, junto a ellas, una línea amarilla pintada sobre el pavimento.
—¿Y?
—Ahora sal.
Todos fuimos hacia la entrada.
Mateo señaló la misma zona.
Las macetas habían desaparecido.
Y también la línea amarilla.
En su lugar había una mancha de pintura gris reciente.
Patricia cruzó los brazos.
—El reglamento del fraccionamiento prohíbe estacionarse ahí porque es parte del acceso de emergencia. Hace tres semanas recibimos varias quejas porque una camioneta bloqueaba el paso.
Miré a Rogelio.
—¿Tu camioneta?
No respondió.
Patricia continuó:
—Se le notificó por escrito. Dos veces.
Rogelio finalmente habló.
—Eso no tiene nada que ver con la bicicleta.
—Tal vez sí —respondió Mateo.
Rogelio se volvió hacia él.
—Tú no sabes de lo que estás hablando.
—Entonces explícales por qué pintaste encima de la línea.
Se hizo un silencio incómodo.
Yo sentía que algo no cuadraba.
—Mateo, ¿de dónde sacaste esa foto?
Mi hijo señaló la casa de enfrente.
—De la cámara de seguridad de don Ernesto.
Ahí entendí.
Don Ernesto era el dueño de la papelería donde Mateo ayudaba algunos fines de semana. Vivía frente a nosotros y tenía una cámara exterior porque meses atrás habían intentado abrir su coche.
—Fui a preguntarle si su cámara había grabado cuando Rogelio atropelló mi bicicleta —explicó Mateo—. Me dijo que sí, pero mientras buscábamos el video encontramos esto.
Sentí un golpe de esperanza.
—¿Entonces existe un video del accidente?
Mateo asintió.
Rogelio cambió de expresión.
—Quiero verlo.
—Claro —dije—. Yo también.
Pero Mateo no sacó ningún teléfono.
Miró a Patricia.
Ella fue quien respondió.
—El video ya está respaldado.
Rogelio soltó una carcajada nerviosa.
—¿Respaldado? Por favor. Parece que están investigando un crimen por una bicicleta.
—No —contestó Patricia—. Estamos investigando varias quejas.
Aquello cambió el ambiente.
—¿Qué quejas? —pregunté.
Patricia respiró hondo.
—Durante los últimos dos meses, tres vecinos reportaron daños menores en vehículos estacionados cerca de esta calle. Un espejo roto, una defensa raspada y una motocicleta tirada.
Rogelio levantó ambas manos.
—¿Y ahora resulta que todo fui yo?
—Yo no dije eso.
—Lo estás insinuando.
Mateo regresó a la casa y volvió con su laptop.
La puso sobre la mesa del comedor.
—Papá, hay algo que tienes que ver.
Abrió un archivo.
El video mostraba la mañana del accidente.
La bicicleta de Mateo estaba junto a nuestra entrada, completamente dentro del límite de nuestra propiedad. No estaba invadiendo la calle.
Después apareció la camioneta de Rogelio.
Esperé ver una reversa rápida.
No ocurrió.
La camioneta comenzó a retroceder lentamente.
Se detuvo.
Avanzó un poco.
Volvió a retroceder.
—Espera —dije.
Mateo pausó el video.
—Eso mismo pensé.
—¿Qué?
Mi hijo me miró.
—Que tuvo tiempo de verla.
Rogelio dio un paso hacia la computadora.
—Ese ángulo engaña.
Mateo reprodujo el video.
La camioneta volvió a moverse.
La rueda trasera tocó la bicicleta.
Se detuvo.
Dos segundos.
Después siguió.
El cuadro quedó atrapado debajo.
Yo sentí cómo se me cerraban las manos.
—Te detuviste.
Rogelio negó con la cabeza.
—Sentí algo debajo de la llanta. No sabía qué era.
—¿Y por qué seguiste?
—Porque estaba saliendo.
Lo miré sin poder creerlo.
—¡Era la bicicleta de mi hijo!
—¡Ya sé!
La frase salió demasiado rápido.
Todos nos quedamos quietos.
Rogelio se dio cuenta de su error.
Mateo cerró la laptop.
—Eso era lo único que necesitaba.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—Que él siempre dijo que nunca vio la bicicleta.
Rogelio señaló a mi hijo.
—No pongas palabras en mi boca.
—No hace falta —respondió Mateo—. Don Ernesto también tiene audio.
Por primera vez, vi miedo auténtico en la cara de Rogelio.
Pero todavía faltaba algo.
Porque yo conocía a mi hijo.
Mateo no había pasado toda una semana reuniendo fotografías y hablando con la administración solamente para demostrar que Rogelio había mentido.
—¿Qué más encontraste?
Mateo bajó la mirada.
—Esto es lo que no sabía si debía enseñarte.
Sacó otra hoja.
Era una captura de pantalla de un segundo video.
En ella se veía a Rogelio afuera de su casa la noche anterior al accidente.
Estaba hablando con alguien.
—¿Quién es?
Mateo amplió la imagen.
Reconocí a Carlos, un vecino que vivía dos calles más abajo.
—¿Y qué tiene?
Mateo reprodujo el audio.
La calidad no era perfecta, pero se entendía.
Primero escuchamos a Carlos.
—Nomás págale al muchacho si llegas a dañarla. El chavo trabajó meses por esa bici.
Luego la voz de Rogelio:
—Pues que aprenda a no dejar sus cosas donde estorban.
Carlos respondió:
—Está dentro de su entrada.
Hubo unos segundos de silencio.
Después Rogelio dijo algo que me hizo mirar directamente hacia él.
—A ver si así aprende su papá también.
Sentí frío.
—¿Aprendo qué?
Rogelio no contestó.
Entonces recordé algo.
Dos semanas antes del accidente yo había enviado una queja a la administración porque alguien bloqueaba frecuentemente el acceso de emergencia con una camioneta.
No había puesto el nombre de Rogelio.
Solo había enviado fotografías.
—¿Sabías que fui yo quien presentó la queja?
Rogelio apretó la mandíbula.
Patricia intervino.
—Las quejas son confidenciales.
—No pregunté eso.
Me acerqué a Rogelio.
—Te pregunté cómo lo supiste.
Su mirada se movió hacia Patricia.
Y ahí ocurrió algo que ninguno esperábamos.
Patricia palideció.
—Rogelio…
Él sonrió.
No fue una sonrisa agradable.
—¿De verdad quieres seguir con esto?
Ella no respondió.