Sobre el escritorio había un recibo recién impreso.
Era del mismo edificio que Maribel administraba.
Pero no correspondía al departamento que Julián estaba intentando rentar.
Marcaba otro número.
**304.**
Y tenía pagos registrados desde **siete meses antes de que Valeria viniera a vivir con nosotros**.
Entonces escuché abrirse la puerta principal.
Pensé que era alguno de mis hijos.
Pero era Valeria.
Entró llorando.
Cerró la puerta detrás de ella y me dijo:
—Tía, necesito contarte algo antes de que Julián llegue.
Luego puso ambas manos sobre su vientre.
Yo todavía sostenía el recibo del departamento 304.
Ella lo vio.
Y dejó de llorar.
—¿De dónde sacaste eso?
Fue su reacción, no su pregunta, lo que terminó de aterrarme.
Porque de repente entendí que haberla recibido en mi casa quizá nunca había sido el comienzo de aquella historia.
Parte 2:
Valeria retiró las manos de su vientre como si acabara de darse cuenta de lo que había hecho. —No estoy embarazada —dijo de inmediato—. Me duele desde esta mañana. Su explicación llegó demasiado rápido, pero no insistí. Puse el recibo del 304 sobre el escritorio. —Entonces empieza por esto. Se sentó en la cama y tardó casi un minuto en hablar. —Ese departamento no es mío.
El 304 pertenecía a **Camila Ortega**, una compañera que Valeria había conocido en un curso técnico antes de entrar a la tienda. Camila tenía veintidós años y un hijo pequeño. Siete meses atrás había perdido su empleo y estaba a punto de ser desalojada. Según Valeria, Julián comenzó a pagar parte de la renta porque conocía al padre del niño. —¿Por qué tienes tú los recibos? —Porque yo llevaba el dinero algunas veces. —¿Y los cincuenta mil pesos? Valeria cerró los ojos. —También eran de Julián.
Sentí náuseas. Mi sobrina confesó que conocía los movimientos de Julián mucho antes de mudarse con nosotros. Él le daba sobres para Camila, pagaba algunas cuentas y le pidió guardar efectivo porque no quería que aparecieran transferencias desde nuestras cuentas familiares. Valeria aceptó al principio porque Julián le aseguró que ayudaba a Camila por un problema relacionado con su trabajo. Después comenzó a sospechar. Cuando mi hermana encontró el dinero y la llave del 304, Valeria se negó a explicar de quién eran para no involucrarlo. Por eso terminaron peleando.
—¿Y el hombre casado? pregunté. Valeria me miró confundida. Mi hermana había interpretado mensajes que encontró en su teléfono. Valeria hablaba de “él”, decía que no podía seguir escondiéndole cosas a su esposa y que necesitaba terminar aquello. No era una relación amorosa. Era Julián. Mi hermana asumió lo peor y Valeria dejó que lo creyera porque explicar la verdad significaba contarme lo que estaba haciendo mi esposo.
El departamento nuevo era otra cosa. Julián había dicho que quería sacar a Valeria de nuestra casa discretamente y pagarle algunos meses de renta para que pudiera independizarse. Ella aceptó ver el lugar, pero se negó a firmar cuando descubrió que él ya había preparado información usando documentos que conservaba de cuando la ayudó a solicitar empleo. —Yo firmé una hoja de visita —dijo—. Esa firma del contrato no la hice yo.
Llamé a Maribel delante de ella. La firma no había servido para cerrar el arrendamiento precisamente porque faltaba validación presencial. El depósito sí provenía de Julián. Pedí que congelaran el trámite y guardaran todos los documentos. Después llamé a mi hermana. Valeria habló con ella por primera vez desde que salió de su casa y le contó todo. Al otro lado de la línea sólo escuchamos: —Yo sabía que esa historia no estaba completa.
Julián llegó poco después de las ocho. Esta vez estábamos las tres esperándolo. Mi hermana había venido con la llave que encontró meses atrás. Cuando la vio sobre la mesa, dejó las llaves del coche lentamente. —¿Entraste al 304? le pregunté. —Sí. —¿Quién es Camila? —Una persona a la que ayudé. —¿Por qué escondiste los pagos? No respondió.
Fue Valeria quien lo obligó a hacerlo. —Diles quién es **Mateo**. Julián se puso pálido.
Mateo era el hijo de Camila. Tenía cuatro años. Yo pensé inmediatamente lo mismo que mi hermana y pregunté si era hijo de Julián. —No —respondió él—. Y puedo demostrarlo. Entonces contó una historia distinta. El padre de Mateo había trabajado durante años con Julián y había desaparecido de Puebla después de un problema grave. Julián llevaba meses ayudando a Camila porque aquel hombre le había dejado algo antes de irse.
—¿Qué cosa?
Julián miró a Valeria. —Dinero.
Los cincuenta mil pesos eran apenas una parte. Existía una cantidad mucho mayor que Julián había recibido con instrucciones de entregarla gradualmente a Camila y al niño. Pero Camila no sabía cuánto era.
—¿Por qué no se lo diste completo? pregunté.
—Porque no todo era suyo.
Mi hermana soltó una carcajada seca. —Siempre hay otra explicación contigo.
Julián sacó su celular y me mostró una fotografía antigua. Aparecía él junto a un hombre que reconocí después de unos segundos: **Esteban**, un antiguo empleado suyo que había dejado de trabajar con él hacía años.
Detrás de ellos estaba mi hermana.
Valeria se levantó de golpe.
—Mamá, ¿tú conocías a Esteban?