Y era verdad.
Nunca había visto a esa mujer.
Tendría unos treinta y tantos años. Cabello oscuro recogido, blusa color crema, una pequeña maleta debajo del asiento.
Nada extraordinario.
Excepto su reacción.
Los altavoces volvieron a sonar.
—Sé que probablemente debí decir esto en privado —continuó Javier—, pero llevo demasiado tiempo esperando el momento correcto.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Mateo todavía sostenía su dibujo.
“EL MEJOR PILOTO DEL MUNDO”.
Cinco minutos antes, esas palabras me habían parecido tiernas.
Ahora no podía dejar de mirarlas.
Entonces Javier dijo:
—Valeria, esto es para ti.
La mujer de adelante cerró los ojos.
Mateo volteó hacia mí.
—Mamá…
No tuve que preguntarle nada.
Los dos habíamos entendido.
Mi nombre no era Valeria.
Me llamo Daniela.
Llevaba once años casada con Javier.
Y mi esposo acababa de decir, delante de un avión lleno de pasajeros, que una mujer llamada Valeria significaba “absolutamente todo” para él.
Algunas personas comenzaron a mirar hacia ella.
Valeria se secó las lágrimas.
Yo apenas podía respirar.
—Quiero que sepas —continuó Javier— que estos últimos meses cambiaron mi vida.
Meses.
No años.
Meses.
Aquella palabra fue peor que escuchar su nombre.
Porque inmediatamente recordé todas las noches en que Javier había llegado tarde.
Los cambios de itinerario.
Los mensajes que respondía en el baño.
Las ocasiones en que dejaba el celular boca abajo sobre la mesa.
Todo aquello que yo había aceptado porque estaba casada con un piloto.
“Cambió la programación.”
“Nos retrasaron.”
“Me pidieron cubrir otra ruta.”
“Hay revisión de tripulación.”
Cada explicación había sonado razonable por separado.
Juntas, de pronto parecían otra cosa.
Mateo me apretó la mano.
—¿Papá conoce a esa señora?
Antes de que pudiera contestar, Javier terminó:
—Gracias por confiar en mí cuando parecía que ya no había salida. Después de aterrizar tenemos que hablar. Hoy ya no quiero seguir escondiéndolo.
Se escucharon algunos aplausos.
No muchos.
Pero suficientes.
Valeria lloraba.
Yo sentí una vergüenza que me quemó desde el cuello hasta las orejas.
La sobrecargo comenzó con las instrucciones de seguridad.
Yo no escuché casi nada.
Mateo tampoco volvió a sonreír.
Cuando el avión empezó a moverse hacia la pista, él guardó lentamente el dibujo dentro de su mochila.
Ese pequeño gesto me rompió más que el discurso de Javier.
—Mamá, ¿estás enojada?
—No quiero que te preocupes ahorita.
—Pero papá dijo que ella es especial.
Miré a mi hijo.
No iba a mentirle.
Pero tampoco iba a destruir la imagen que tenía de su padre basándome únicamente en unas palabras que todavía no entendía por completo.
—Cuando lleguemos a Monterrey, voy a hablar con él.
—¿Y la sorpresa?
Miré hacia el frente.
—Creo que la sorpresa cambió.
Durante el vuelo observé a Valeria.
No se comportaba como alguien que acababa de recibir una declaración romántica.
Eso me confundía.
No sonreía.
No presumía nada.
Parecía nerviosa.
En un momento sacó el celular, leyó algo y volvió a guardarlo inmediatamente.
Después miró hacia atrás.
Nuestros ojos se encontraron.
Su rostro cambió.
Me miró a mí.
Luego a Mateo.
Después a la mochila de mi hijo, donde todavía sobresalía una esquina del dibujo.
Y se puso pálida.
Apartó la mirada.
Ahí entendí algo.
Ella sabía quiénes éramos.
Yo no sabía quién era ella.
Pero ella sí me conocía.
Cuando aterrizamos en Monterrey, todos comenzaron a levantarse.
Yo permanecí sentada.
—¿No vamos con papá? —preguntó Mateo.
—Vamos a esperar un poquito.
Valeria salió rápidamente.
Demasiado rápido.
Tomó su equipaje y avanzó hacia la puerta sin mirar atrás.
Yo estuve a punto de seguirla.
Entonces apareció una sobrecargo.
—¿Señora Daniela?
Se me heló el cuerpo.
—Sí.
La mujer sonrió.
—El capitán Javier pidió que usted y Mateo esperaran aquí.
—¿Él sabía que veníamos?