—Lo recuerdo.
—No sé por qué permití que las cosas llegaran tan lejos.
—Sí sabes.
Bajó la mirada.
—Tenía miedo de perder mi matrimonio.
—Y para conservarlo decidiste perderme a mí.
No respondió.
Me dolió decirlo.
Pero era verdad.
—Yo nunca te pedí que eligieras entre tu esposa y yo —continué—. Sólo esperaba que no permitieras que me trataran como si valiera menos.
—Perdóname.
—Tal vez algún día.
Daniel levantó la vista.
—¿No hoy?
—Hoy necesito dormir.
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
Asentí.
Antes de subir al auto, se acercó.
No intentó abrazarme.
Por primera vez respetó mi espacio.
—Mañana voy contigo con la abogada.
—A las diez.
—Ahí estaré.
Y estuvo.
Durante los siguientes meses hubo declaraciones, reuniones con abogados y una investigación sobre los documentos falsos.
El padre de Verónica terminó llegando a un acuerdo legal después de reconocer que había utilizado información que no le pertenecía para intentar respaldar una negociación financiera.
No perdió todo.
Pero tuvo que vender dos propiedades y pagar una cantidad considerable para cubrir deudas y responsabilidades.
Verónica y Daniel se separaron durante varios meses.
No porque yo se lo pidiera.
Jamás lo hice.
Daniel necesitaba decidir qué clase de vida quería.
Finalmente iniciaron terapia de pareja.
Yo no sé si su matrimonio durará.
Y aprendí que tampoco me corresponde salvarlo.
Lo que sí cambió fue mi relación con mi hijo.
No ocurrió de golpe.
No hubo una gran escena donde todo quedó perdonado.
Hubo cosas pequeñas.
Un café los sábados.
Una llamada sin pedir favores.
Una visita a mi departamento sin mirar el reloj.
Y, sobre todo, una disculpa que Daniel nunca intentó justificar.
—Te traté como si tu valor dependiera de lo que podías mostrar —me dijo meses después—. Y no hay excusa para eso.
Yo respondí:
—Entonces no me lo demuestres con palabras. Demuéstramelo con tiempo.
Eso hizo.
Respecto al restaurante, finalmente acepté recibir parte de mis utilidades.
No compré una mansión.
No cambié mi vida por completo.
Arreglé mi departamento.
Guardé dinero para mi vejez.
Y con otra parte establecí, junto con Mauricio, un pequeño fondo para empleados del restaurante que enfrentaran emergencias familiares.
Me pareció la mejor manera de cerrar el círculo.
Un año después, volví al mismo restaurante.
Esta vez no llevaba mi mejor vestido.
Sólo una blusa sencilla y un suéter.
Daniel llegó con Sofía de la mano.