—Mamá, ¿de qué está hablando?
Mauricio tomó asiento en una silla vacía, algo que en un restaurante de ese nivel jamás habría hecho frente a un cliente.
—Hace casi treinta años este lugar no era lo que es ahora. Se llamaba El Encino. Era pequeño, tenía deudas y estaba a punto de cerrar.
Recordé perfectamente aquellos días.
Yo tenía treinta y siete años.
Daniel apenas diez.
Por las mañanas limpiaba oficinas en el centro de Guadalajara. Después iba por él a la escuela, le dejaba comida preparada y por la tarde entraba a trabajar en El Encino.
El dueño se llamaba don Ramiro Salgado, padre de Mauricio.
Era un hombre duro, orgulloso y terco, pero nunca trató mal a los empleados.
El problema era que el restaurante se estaba hundiendo.
Una noche, después del cierre, lo encontré sentado en la cocina con varias hojas sobre la mesa.
—¿Está bien, don Ramiro?
Me dijo que probablemente tendría que cerrar.
Debía renta, proveedores y dos meses de nómina.
Yo no tenía dinero.
Pero conocía la cocina.
Sabía qué platillos se desperdiciaban, qué proveedores cobraban demasiado y qué recetas sí pedían los clientes.
Le propuse cambiar el menú.
También convencí a dos proveedores de darle treinta días más para pagar.
Luego recomendé preparar comida para eventos familiares y empresas.
Ese servicio fue lo que salvó El Encino.
Mauricio continuó:
—Mi padre siempre decía que Teresa entendía el restaurante mejor que cualquiera de nosotros.
Verónica soltó una risa nerviosa.
—Bueno, qué bonito. Entonces ayudó con unas recetas.
Mauricio la miró fijamente.
—No fueron unas recetas.
Sacó otro documento.
—Doña Teresa trabajó meses sin cobrar su sueldo completo para que otros empleados sí recibieran el suyo.
Daniel me miró de golpe.
Nunca le había contado eso.
Mauricio siguió.
—Además, cuando el banco rechazó otro crédito, ella puso como garantía los ahorros que tenía para comprar una casa.
Daniel palideció.
—¿Qué?
Yo bajé la mirada.
Había pasado demasiado tiempo.
Ya no me parecía importante.
En aquellos años sólo pensaba en sobrevivir.
—Mamá… tú siempre dijiste que nunca habías podido ahorrar.
—Porque era más sencillo explicarlo así.
Verónica negó con la cabeza.
—Esto no tiene sentido. ¿Por qué alguien haría algo así por un restaurante que ni siquiera era suyo?
—Porque había once familias dependiendo de ese trabajo —respondí.
Mauricio asintió.
—Y mi padre nunca lo olvidó.
Entonces sacó una hoja diferente.
Era una copia certificada ante notario.
Verónica volvió a mirar el documento.
Esta vez noté algo distinto en su expresión.
Ya no había desprecio.
Había preocupación.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Mauricio no respondió de inmediato.
Miró primero al gerente.
Después a mí.
—¿Está segura de que quiere que lo hablemos aquí?
Antes de que pudiera contestar, Daniel intervino.
—Sí. Quiero saber todo.
Lo miré.
Por primera vez en años, no vi arrogancia.
Vi miedo.
Mauricio colocó el documento sobre la mesa.
—Cuando el restaurante se recuperó, mi padre quiso entregarle a Teresa una participación del negocio.
Daniel frunció el ceño.
—¿Participación?
—Un porcentaje.
Verónica se inclinó hacia adelante.
—¿Cuánto?
Mauricio la observó en silencio antes de responder.
—Doce por ciento.
La mesa quedó muda.
Verónica soltó una carcajada seca.
—Eso es imposible.
Mauricio empujó el documento hacia ella.
—Ahí está la escritura y el convenio original.
Daniel tomó los papeles.
Leyó varias líneas.
Luego me miró.
—Mamá… ¿tú eres socia de este lugar?
—Lo fui.
Mauricio negó con la cabeza.
—Lo sigue siendo.
Yo levanté la vista.
—Mauricio, eso no puede ser.
—Sí puede.
Su padre había muerto seis años atrás.
Después de eso, yo había asumido que cualquier acuerdo de aquellos tiempos había quedado olvidado.
Mauricio señaló una cláusula.
—Mi padre nunca canceló su participación. Y cuando nosotros constituimos la nueva sociedad, sus derechos se incorporaron.
Verónica se quedó completamente inmóvil.
Daniel volvió a leer.
—Entonces… ¿mamá recibe dinero de aquí?
Mauricio respondió:
—No.
Daniel parecía confundido.
—¿Por qué?
El gerente intervino.
—Porque la señora Teresa firmó hace muchos años una instrucción para que sus utilidades se reinvirtieran.
Recordé aquella decisión.
El restaurante acababa de abrir una segunda sucursal.
Mauricio era joven.
Don Ramiro todavía estaba enfermo.
Yo ya trabajaba en otro lugar.
Había pensado que ese dinero no me pertenecía realmente.
Por eso nunca lo pedí.
—Era mejor que se usara para mantener empleos —dije.
Verónica me miró como si estuviera viendo a otra persona.
—¿Cuánto vale ese doce por ciento ahora?
Mauricio cerró la carpeta.
—Eso no es importante.
—Para mí sí.
Su tono fue tan rápido que incluso Daniel volteó hacia ella.
Mauricio respondió con calma.
—La empresa opera tres restaurantes y un servicio de banquetes. No voy a discutir una valuación privada frente a toda la mesa.
Pero Verónica ya estaba haciendo cuentas mentalmente.
Yo podía verlo.
La misma mujer que minutos antes había decidido que un vaso de agua era suficiente para mí ahora quería saber cuánto valía mi firma.
Eso me produjo más tristeza que satisfacción.
Daniel dejó los documentos.
—Mamá… ¿por qué nunca me dijiste nada?
—Porque no quería que crecieras pensando que alguien te debía algo.
—Pero yo pensaba que tú…
Se quedó callado.
—¿Qué pensabas?
No contestó.
Verónica sí.
—Pensábamos que no tenías nada.
La miré.
—Eso sí lo entendí esta noche.
Nadie tocó su comida.
El vino seguía servido.
Las langostas ya estaban frías.
Mauricio se levantó.
—Doña Teresa, hay algo más que debería saber.
Yo fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
—Hace cuatro meses recibimos una solicitud relacionada con su participación.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Qué solicitud?
Mauricio miró hacia él.
—Alguien pidió información sobre la posibilidad de transferir sus derechos.
Sentí un pequeño golpe en el pecho.
—Yo no pedí nada.
—Lo sé.
Verónica comenzó a jugar con su servilleta.
Fue un movimiento casi imperceptible.
Pero lo vi.
—¿Quién hizo la solicitud? —pregunté.
Mauricio abrió otra sección de la carpeta.
Daniel miró a su esposa.
Ella evitó sus ojos.
El gerente sacó una copia de un correo electrónico.
—La solicitud vino de un despacho particular.
—¿Qué despacho?
Mauricio leyó el nombre.
Daniel se quedó helado.
—Ese es el despacho de Ricardo.
Yo conocía a Ricardo.
Era amigo de Daniel desde la universidad.
También era abogado.
Verónica dejó la copa sobre la mesa.
—No significa nada.
Daniel la miró.
—¿Cómo sabes de qué estamos hablando?
Ella tardó un segundo demasiado largo en responder.
—Porque Ricardo es amigo tuyo.
—Yo jamás le pedí investigar nada de mi mamá.
Mauricio colocó el correo frente a Daniel.
Había una línea especialmente clara.
“Consulta solicitada por la señora Verónica Cárdenas, cónyuge del descendiente directo de la titular.”
Daniel leyó la frase dos veces.
Después la miró.
—¿Tú hiciste esto?
Verónica palideció.
—Puedo explicarlo.
—Hazlo.
—No aquí.
—Aquí mismo.
Sus padres permanecían callados.
La madre de Verónica incluso había dejado de comer.
Ella respiró hondo.
—Hace meses vi unos papeles en tu escritorio. Había correspondencia del restaurante dirigida a Teresa.
Volteé hacia Daniel.
Él negó con la cabeza.
—Yo nunca vi eso.
—Porque llegó a la casa —dijo Verónica—. Yo abrí el sobre.
—¿Abriste correspondencia de mi mamá?
—Pensé que era algo relacionado contigo.
—¿Y después contrataste a Ricardo?
—Sólo le pregunté qué significaba.
Mauricio intervino:
—No fue sólo una pregunta.
Sacó otra hoja.
—El despacho también pidió saber si la participación podía venderse sin presencia física de la titular mediante poder notarial.
El rostro de Daniel cambió.
—¿Poder notarial?
Yo ya sabía hacia dónde iba aquello.
Y por primera vez aquella noche sentí verdadero frío.
—Verónica —dije—, ¿por qué querías saber eso?
Ella me miró.
—No quería vender nada.
—Entonces dime para qué necesitabas saberlo.
Daniel golpeó suavemente la mesa con la palma.
—Contesta.
—¡Porque estaba intentando proteger nuestro futuro!
—¿Nuestro futuro de qué?
Verónica perdió la calma.
—¡De vivir toda la vida resolviendo problemas ajenos!
Varias personas en las mesas cercanas voltearon.
Ella bajó la voz.
—Tú siempre estás preocupado por tu mamá. Si necesita médico, si necesita arreglar algo en su casa, si necesita compañía. Yo quería saber qué recursos tenía realmente.
Me quedé observándola.
—Pero nunca me has pagado una consulta médica.
Verónica no respondió.
—Nunca te pedí renta.
Silencio.
—Nunca te pedí dinero para arreglar mi casa.
Más silencio.
Daniel la miró.
—Entonces ¿qué problema estabas intentando resolver?
Ella apretó la mandíbula.
Mauricio volvió a sentarse.
—Hay otra cosa.
Verónica cerró los ojos.
Sólo un segundo.
Pero fue suficiente.
—¿Qué cosa? —preguntó Daniel.
Mauricio extrajo un documento final.
—Hace tres semanas recibimos una copia de un poder notarial.
Se me secó la boca.
—Yo no he firmado ningún poder.
—Eso pensamos.
Daniel tomó el documento de inmediato.
En la parte inferior aparecía mi nombre.
Teresa Mendoza Ramírez.
También había una firma.