Javier insistió en que todo lo había hecho pensando en el futuro. Y una parte era cierta: realmente quería una casa. Realmente imaginaba a nuestra madre viviendo atrás. Realmente pensaba que, si Maribel dejaba la fábrica, él podría sostener el hogar. No había gastado todas las aportaciones en fiestas ni mantenía otra familia. Precisamente por eso tardó tanto en comprender qué había hecho mal.
—Yo estaba construyendo algo para nosotros —le dijo durante una de sus últimas conversaciones. Maribel respondió: —No. Estabas construyendo una vida para mí y esperando que cuando estuviera terminada yo agradeciera no haber tenido que elegirla.
Se separaron.
Nuestra madre conservó su casa. Cuando supo que Javier había contado mentalmente con venderla, abrió una carpeta donde guardaba sus documentos y me pidió que la acompañara a ordenarlos. —No quiero que ninguna de ustedes vuelva a hacer planes con esto mientras yo siga viva —dijo. Las tres terminamos riéndonos, aunque ninguna ignoraba lo serio de la frase.
Maribel siguió trabajando en la fábrica. Meses después pidió cambio de área para no depender administrativamente de personas relacionadas con Javier. La primera vez que recibió su sueldo completo en la nueva cuenta me mandó una fotografía. Había comprado despensa, pagado sus servicios y apartado una cantidad pequeña para ahorrar. Debajo escribió: “Y no tuve que pedir permiso”.
Un año después todavía no tenía casa propia. Rentaba un departamento modesto y llevaba sus cuentas en una libreta. A veces se equivocaba, gastaba de más o tenía que posponer una compra. Pero eran sus errores y sus decisiones.
Yo creí que descubriríamos que Javier se gastaba todo el dinero de mi hermana en fiestas. La verdad fue más complicada: sí escondía ingresos y se daba lujos que a ella le negaba, pero también estaba ahorrando. El problema era que había confundido ahorrar para alguien con tener derecho a gobernar su vida. Usó el sueldo de Maribel, proyectó su renuncia y hasta imaginó vender la casa de nuestra madre porque estaba convencido de que un buen resultado justificaría no pedir permiso. No lo justificó. Una casa puede construirse con dinero de dos personas; un hogar, en cambio, no puede construirse con la voluntad de una sola.
MI HERMANA TENÍA QUE PEDIRLE DINERO A SU ESPOSO HASTA