Parte 2:
No respondí a Carolina. Revisé primero mi departamento. La caja seguía en el clóset, pero esta vez la abrí sobre la cama y fotografié todo antes de tocarlo. Ahí guardaba actas, contratos viejos, una libreta bancaria que ya no utilizaba y documentos del departamento que había comprado cuatro años atrás. No faltaba nada evidente. Entonces recordé que Carolina había tenido una copia de mis llaves durante un viaje a Guadalajara porque se ofreció a alimentar a mi gato. Nunca se la pedí de vuelta.
Llamé a Lorena. —¿Qué buscaban? —Un sobre que Carolina decía que estaba entre tus documentos. —¿Qué sobre? Lorena respiró hondo. —Uno relacionado con **Natalia**. Según ella, hace años su mamá le entregó dinero a alguien de tu familia y existe un comprobante. Yo creí que Carolina sólo quería comprobar una historia familiar. No sabía que había conservado tu llave hasta que vi los mensajes.
Aquello me parecía absurdo. Natalia era prima de Carolina y yo apenas la conocía. Mi familia no tenía relación con la suya, o eso creía. Lorena me pidió buscar una carpeta gris. La encontré debajo de unos contratos de mi padre, fallecido tres años antes. Dentro había papeles que recogí de su casa después de su muerte y que jamás había revisado con cuidado. Entre ellos apareció un sobre con un nombre escrito a mano: **“Elena Robles”**.
Elena era la mamá de Natalia.
Dentro no había dinero ni un pagaré. Había copias de recibos de hace casi doce años relacionados con una pequeña casa que mi padre rentaba en **San Luis Potosí**. Elena había vivido ahí durante un tiempo. Algunos recibos mostraban pagos adelantados; otros, gastos de reparaciones que ella había cubierto y que debían descontarse de la renta. Al final encontré una hoja firmada por ambos donde quedaba pendiente revisar un saldo cuando Elena entregara la vivienda.
Llamé a mi mamá. Ella recordó el problema. Elena dejó la casa precipitadamente después de separarse y mi padre nunca consiguió localizarla para cerrar cuentas. Años después alguien apareció preguntando si todavía existían documentos. —¿Quién? —Carolina. Me quedé helada. —¿Cuándo? —Hace como año y medio. Dijo que Elena era tía suya y que Natalia estaba intentando ordenar papeles viejos.
Eso significaba que Carolina conocía la existencia de la carpeta mucho antes de pedirme Netflix. Lorena negó saberlo. Según los mensajes familiares, Natalia llevaba meses convencida de que mi padre había conservado un depósito que pertenecía a su madre. Carolina prometió ayudarla a encontrar pruebas. —Pero ¿qué tiene que ver mi Netflix con saber cuándo viajo? —Al principio, nada —respondió Lorena—. Después Carolina se dio cuenta de que podía saber cuándo estabas fuera.
Los accesos no revelaban mi ubicación exacta, pero Carolina combinaba cosas que yo misma contaba, publicaciones del trabajo y actividad de la cuenta. Cuando sospechaba que estaba viajando, abría Netflix desde mi ciudad para comprobar que yo no estaba usando el servicio aquí. No era un sistema perfecto. Era suficiente para darle confianza.
Natalia aceptó hablar conmigo cuando Lorena le contó que ya sabía todo. Llegó llorando y juró que nunca había entrado al departamento. Carolina le había dicho que yo sabía de los documentos y me negaba a entregarlos. —¿Por qué iba a ocultarte papeles de una mujer que casi no conozco? Natalia abrió su celular. Tenía mensajes donde Carolina afirmaba que yo había encontrado el sobre después de la muerte de mi padre y quería evitar una reclamación.
—Eso es mentira.
LE PRESTÉ MI CUENTA DE NETFLIX A MI MEJOR AMIGA Y DESCUBRÍ