Pero esta vez llevaba bata blanca.
Entonces entendí.
No era un amante.
Era médico.
Llamé otra vez a Mariana.
Contestó llorando.
—¿Tu mamá está enferma?
—Papá…
—Dímelo.
—Sigue abriendo.
El siguiente sobre contenía una pulsera de hospital.
Fecha:
seis años atrás.
Nunca la había visto.
—¿Seis años? ¿Cómo no me enteré?
Mariana tardó en responder.
—Porque mamá intentó decírtelo esa noche.
Recordé vagamente aquella fecha.
Teresa había preparado cena.
Yo llegué tarde.
Tenía una auditoría al día siguiente.
Le dije:
“Lo que sea, hablamos el fin de semana.”
Nunca volvimos a hablar de ello.
Sentí que me faltaba aire.
—¿Dónde está ella ahora?
Mariana no respondió.
—¿Está en el hospital?
—Papá, hay un sobre rojo al fondo de la caja.
Lo encontré.
Era el único que decía:
“ABRIR SOLO CUANDO ARTURO SE JUBILE.”
Debajo había una llave.
Y una dirección que no conocía.
—¿Qué abre esta llave?
Mi hija sollozó.
—El lugar donde mamá guardó todo lo que decidió hacer sin esperar a que tú tuvieras tiempo.
—¿Qué significa eso?
—Ve.
Conduje hasta la dirección.
Era una pequeña bodega privada en las afueras de la ciudad.
La llave abrió el candado.
Levanté la cortina metálica.
Dentro había cajas, álbumes, recuerdos de viajes…
y una silla de ruedas.
Encima tenía pegado un último sobre.
Di un paso hacia él.
Entonces escuché detrás de mí la voz de Mariana:
—Papá, antes de abrirlo tienes que saber que mamá no se fue hoy.
Me giré.
Ella estaba llorando.
—Entonces ¿cuándo se fue?
Mariana miró el sobre.
—Hace tres meses.
Parte 2:
Mariana me vio mirar la silla de ruedas y negó antes de que yo preguntara.
—Mamá está viva.
Tuve que apoyarme en una caja.
—Entonces explícame qué significa que se fue hace tres meses.
Durante mis últimos tres meses en la planta yo había aceptado supervisar el cierre de una línea nueva antes de jubilarme. Trabajaba jornadas absurdas y varias noches me quedaba en un cuarto que la empresa rentaba cerca del complejo. Teresa me decía por teléfono que estaba con Mariana o con nuestro hijo Andrés.
No era mentira.