La pregunta era cómo había sobrevivido Bruno seis meses entrando y saliendo sin que nadie lo detectara. La respuesta apareció en una cámara colocada cerca de la entrada del túnel. Cada dos o tres noches llegaba Héctor, dejaba alimento y permitía que el perro saliera unos minutos. Gael debía haber aprovechado esos momentos para esconder objetos dentro o cerca de la lonchera. Pero algo seguía sin encajar. Si Héctor sabía que Bruno podía escapar, ¿por qué nunca lo encerró? La fiscal encargada del caso pidió revisar nuevamente los dibujos. Uno mostraba a Héctor junto a Gael y Bruno. No había barrotes ni amenazas. En otro aparecían dos hombres diferentes junto a la camioneta blanca. Sobre ellos el niño había escrito: “Ellos dicen que mi tío debe obedecer”. De pronto la desaparición dejó de parecer el acto de un solo familiar.
Esa misma tarde encontraron a Héctor. Entró solo en una comandancia de Atlixco y pidió hablar con la fiscal. Lo primero que dijo fue que Gael seguía vivo. Lo segundo fue que él no lo había secuestrado. Según su declaración, seis meses antes descubrió que alguien estaba utilizando rutas de transporte escolar para mover mercancía y documentación robada entre bodegas. Había fotografiado vehículos y amenazado con denunciar. Cuatro días después desapareció Gael. Los responsables le ofrecieron un trato: el niño permanecería oculto y con vida mientras Héctor colaborara transportando paquetes. Si acudía a la policía, desaparecerían al menor definitivamente. La historia parecía demasiado conveniente hasta que Héctor entregó un teléfono con mensajes, fotografías y grabaciones. En varias se escuchaba la voz de Gael. En otras, alguien daba instrucciones precisas sobre qué rutas debía utilizar y cuándo debía moverlo de un sitio a otro.
—¿Por qué estaba Gael en el túnel? —preguntó la fiscal.
Héctor bajó la cabeza.
—Porque conseguí convencerlos de que yo podía vigilarlo ahí. Era la única manera de mantenerlo cerca.
—¿Y Bruno?
—Lo dejaba salir.
Entonces entendí.
—Usted quería que el perro encontrara ayuda.
Héctor asintió. Durante semanas había esperado que alguien siguiera a Bruno, pero no podía enviar un mensaje directamente porque revisaban sus movimientos. La lonchera había sido idea de Gael. Cada madrugada el perro llegaba hasta nuestra caseta y cada madrugada nosotros, sin comprender, permitíamos que regresara.
—¿Dónde está el niño ahora?
Héctor cerró los ojos.
—No lo sé.
Aquella mañana los hombres habían descubierto que la policía se acercaba al túnel. Obligaron a Héctor a sacar a Gael y entregarlo en la gasolinera. Después se llevaron al niño en otro vehículo. Solo le dijeron que sería trasladado antes del amanecer. La fiscal colocó frente a él una captura de las cámaras.
—¿Quién conducía el automóvil?
Héctor miró la imagen y se quedó inmóvil.
—No puede ser.
Reconocía el vehículo.
Pertenecía al Colegio Monteverde.
La misma escuela desde cuya excursión Gael había desaparecido.
Esa noche registraron oficinas y almacenes del colegio. No encontraron al niño, pero sí una habitación con cajas de expedientes escolares antiguos. Entre ellas había documentos de otros alumnos que habían abandonado repentinamente la institución durante los últimos años. Ninguno figuraba como desaparecido. Sus familias supuestamente los habían cambiado de escuela.
Entonces apareció una carpeta con el nombre de Gael.
Dentro había fotografías tomadas antes de su desaparición, horarios de su familia y una copia del itinerario de aquella excursión. En la última página figuraba la firma de la persona que había autorizado un cambio de ruta esa mañana.
Era la directora del colegio.
Pero cuando la policía fue a buscarla, su oficina estaba vacía.
Sobre el escritorio había dejado un teléfono encendido.
Acababa de recibir un mensaje:
“EL NIÑO YA ESTÁ EN EL PUNTO 4. EL PERRO NO LLEGARÁ ESTA VEZ.”
Bruno, que permanecía afuera con uno de los agentes, comenzó de pronto a tirar de la correa.
No quería regresar al túnel.
Quería entrar al autobús escolar estacionado detrás del edificio.
Y cuando abrieron el compartimento inferior, encontraron una segunda lonchera verde.
Dentro había una nota escrita apenas unas horas antes.
“Bruno ya les enseñó el primer lugar. Ahora busquen donde empezó la excursión.”
¡DURANTE DIECISIETE NOCHES, UN PERRO CALLEJERO DEJÓ LA MISMA LONCHERA INFANTIL FRENTE A UNA CASETA DE PEAJE… HASTA QUE UNA COBRADORA DECIDIÓ ABRIRLA!