Entonces dijo algo que todavía recuerdo perfectamente:
—El viernes estaba asustada. Llegué sola del hospital y pensé en llamarte, pero tú tienes tu trabajo, tu relación, tus problemas…
—Soy tu hija.
—Precisamente. No quería convertirme en una carga.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Ella miró las flores.
—Y luego llegaron.
Sonrió débilmente.
—Por un momento sentí que alguien se había dado cuenta de que yo también necesitaba que me cuidaran un poquito.
Ahí decidí algo.
Nunca le diría que aquellas flores habían sido para Iván.
Porque acababa de comprender que el verdadero error no había sido seleccionar una dirección equivocada.
Había sido pasar años creyendo que, porque mi mamá nunca pedía nada, tampoco necesitaba recibir.
Pero cuando Teresa tomó nuevamente el sobre del hospital, vi otro detalle.
Había una cita programada para el lunes.
Y junto al nombre del especialista aparecía una palabra que hizo desaparecer de golpe cualquier rastro de aquella historia divertida de San Valentín.
Mi mamá llevaba días enfrentándose sola a algo que ninguno de nosotros conocía.
Y faltaban menos de setenta y dos horas para descubrir exactamente qué era.
**Parte 2:…..**
Parte 2
El lunes llegué a casa de mi mamá antes de las siete. Teresa abrió la puerta ya vestida y se sorprendió al verme. —Daniela, te dije que podía ir sola. —Y yo decidí no hacerte caso. No discutió. Durante el camino confesó que el especialista quería estudiar una masa que habían encontrado durante una revisión. Todavía no existía un diagnóstico definitivo, pero necesitaban una biopsia. Mi mamá llevaba una semana escuchando palabras que asustaban incluso cuando los médicos intentaban pronunciarlas con calma. —¿Por qué no nos dijiste desde el primer día? —Porque desde que murió tu papá todos creen que soy fuerte. —Nosotros no te obligamos a serlo. Teresa miró por la ventana. —No. Creo que me acostumbré yo sola.
La biopsia se realizó esa mañana y después comenzó una espera de varios días. Esta vez no permití que la atravesara sola. Se lo contamos a mi hermano Alejandro y su reacción fue idéntica a la mía: primero miedo, después enojo por no haber sabido nada. Pero acordamos no convertir nuestra preocupación en otro peso para mamá. Nos organizamos. Yo la acompañaba a las citas; Alejandro se encargaba de compras y trámites. Iván también empezó a llevar comida algunos días. Curiosamente, nunca preguntó demasiado por las flores que no recibió. Cuando finalmente le confesé lo ocurrido, se rio. —Entonces fueron al lugar correcto. —La tarjeta también. —Eso sí me ofende un poquito. Después añadió: —No se lo digas nunca.
Los resultados confirmaron que Teresa necesitaba tratamiento. No era la noticia que queríamos, pero el médico explicó que existían opciones y que lo importante era comenzar pronto. Mi mamá escuchó todo sin llorar. Solo cuando llegamos al automóvil me preguntó: —¿Crees que voy a poder seguir viviendo sola? Ahí entendí cuál había sido su verdadero miedo. No era únicamente enfermar. Era perder la independencia que había construido después de la muerte de mi padre. —No vamos a decidir eso hoy —respondí—. Hoy solamente vamos a comer algo y regresar a casa. Mañana vemos mañana.
Durante las semanas siguientes aprendí cosas de Teresa que nunca había notado. Había dejado de comprar ciertas cosas para ahorrar, comía sola casi todos los días y podía pasar un fin de semana entero sin hablar cara a cara con nadie. Nosotros llamábamos, sí, pero muchas veces mientras manejábamos o hacíamos otra cosa. Creíamos estar presentes porque nunca pasaban demasiados días sin un mensaje. Ella también colaboraba con la ilusión: siempre respondía “todo bien”.
Una tarde, mientras cambiaba el agua de las flores ya marchitas, descubrí que mamá había conservado incluso los pétalos que se caían. —Mamá, ya podemos tirarlas. —Las flores sí. La tarjeta no. La sacó del cajón y volvió a leerla. Entonces me preguntó: —¿Sabes qué parte me gustó más? Sentí culpa antes de que respondiera. Teresa señaló una frase: “Tenerte cerca hace que mis días pesen menos.” —Después de que murió tu papá pensé que nadie volvería a sentir algo así por mí. Tragué saliva y respondí: —Pues estabas equivocada.