Esa tarde compré otra cosa para Iván y pensé que el asunto terminaría ahí.
No terminó.
Dos días después fui a visitar a Teresa.
Las flores seguían sobre la mesa, acomodadas cuidadosamente en un florero que yo recordaba de mi infancia.
—Las estás cuidando demasiado —bromeé.
—Quiero que duren.
Mientras preparaba café, vi que la tarjeta ya no estaba con el ramo.
—¿Dónde la pusiste?
Mi mamá señaló un cajón del aparador.
—La guardé.
Esperé a que entrara a la cocina y abrí el cajón buscando unas servilletas.
Entonces vi la tarjeta.
Pero debajo había un sobre de hospital.
No quise revisar documentos privados. Iba a cerrar cuando reconocí mi propio nombre escrito a mano en otra hoja.
La saqué.
No era una carta médica.
Era una lista.
“Llamar a Daniela.”
“Decírselo este fin de semana.”
“Preguntar quién puede acompañarme.”
Las tres frases estaban tachadas.
Debajo había escrito:
**“Mejor esperar. No quiero preocupar a los muchachos todavía.”**
Sentí un vacío en el pecho.
Mi mamá regresó y me encontró con el papel en la mano.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué es esto?
Teresa dejó lentamente las tazas sobre la mesa.
—Nada que tengas que ver ahora.
—Mi nombre está escrito aquí.
Intentó quitarme importancia.
—Son cosas mías.
Entonces señaló el sobre y comprendí que las flores no la habían hecho llorar solamente porque fueran bonitas.
—Mamá, ¿qué está pasando?
Por primera vez evitó mirarme.
Finalmente se sentó.
—Tengo que hacerme unos estudios.
—¿Por qué?
—Encontraron algo en una revisión. Todavía no sabemos qué es.
Me quedé inmóvil.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde la semana pasada.
—¿Y no pensabas decirnos?
Teresa apretó las manos.
—Pensaba hacerlo.
Miré la lista tachada.
—No parece.
MANDÉ POR ERROR A MI MAMÁ LAS FLORES QUE HABÍA COMPRADO