ACEPTÉ QUE MI SUEGRA VIVIERA CON NOSOTROS PORQUE HABÍA

—¿Quién es?
Mi suegra apretó el folder contra el pecho.
—Silvia.

 

Parte 2:
Eduardo abrió antes de que Teresa pudiera detenerlo. Silvia tendría unos sesenta y cinco años. No parecía una mujer llegando a reclamar nada. Traía una bolsa de tela, una carpeta médica y una expresión de vergüenza casi tan grande como la de mi suegra. —Perdón —dijo al verme—. Teresa me pidió que esperara hasta que ella encontrara cómo explicarlo.
—Pues ya estamos explicándolo —respondió Eduardo—. ¿Quién es usted?
Silvia miró a Teresa. Mi suegra se sentó. Después señaló la fotografía de nuestra casa. —Silvia vivió aquí durante casi doce años. —¿Y tú cómo la conocías? Teresa tardó demasiado en contestar. —Porque durante un tiempo tú también viviste aquí.
Eduardo soltó una risa nerviosa. Tenía cuarenta años y había crecido en Campeche. O eso creía. Teresa explicó que cuando él tenía poco más de un año, su padre sufrió un accidente laboral que lo dejó meses sin poder trabajar. Ella comenzó a hacer turnos dobles en una empacadora y una conocida le habló de Silvia, que entonces cuidaba niños en Mérida.
—No fueron unas tardes —dijo Silvia—. Eduardo se quedó conmigo de lunes a viernes durante casi un año.
Mi esposo miró a su madre. —Nunca me contaste eso.
—Porque después pensé que no importaba.
Pero sí había importado.
Silvia no había sido únicamente una cuidadora. Durante aquellos meses Teresa y su esposo estuvieron a punto de separarse. Él se fue durante semanas, Teresa acumuló deudas y hubo un periodo en que Eduardo permaneció con Silvia incluso algunos fines de semana. La casa que ahora era nuestra había pertenecido entonces a los padres de Silvia.
—¿Y por qué compramos precisamente ésta cinco años atrás? pregunté.
Teresa respiró hondo. Ella había encontrado el anuncio antes que nosotros. Sabía que la familia que compró la propiedad después de los padres de Silvia planeaba venderla. Cuando Eduardo y yo empezamos a buscar casa en Mérida, nos mandó el enlace diciendo simplemente: “Esta se ve bonita”.
No había manipulado el precio ni participado en la compra. Pero sí nos había dirigido hacia un lugar que para ella tenía una historia que nosotros desconocíamos.
—¿Para qué?
Silvia respondió: —Porque aquí pasó algo que Teresa lleva casi cuarenta años creyendo que me debe.
Los depósitos tampoco eran renta ni pagos por la casa. Cuatro meses antes Silvia había localizado nuevamente a Teresa. Necesitaba una cirugía y estaba atravesando dificultades económicas. Teresa comenzó a ayudarla con parte del dinero obtenido al vender su vivienda de Campeche.
Eduardo se enfureció. —¿Vendiste tu casa para darle dinero?
—No. La vendí porque ya pensaba mudarme. Pero separé una parte para ella.
—¿Por qué?
Silvia abrió su bolsa y colocó sobre la mesa un sobre amarillento. Dentro había recibos de finales de los años ochenta y una libreta con pagos hechos a nombre del padre de Eduardo.

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