Javier estaba sentado en una terraza.
No estaba trabajando horas extras como había dicho.
Tenía enfrente botellas, cortes de carne y tres amigos.
Me quedé detrás de un puesto antes de que pudiera verme.
—Otra ronda —ordenó uno.
—Pide lo que quieras —respondió Javier—. Hoy invito yo.
Uno de sus amigos se burló:
—¿Y tu esposa no revisa las cuentas?
Javier soltó una carcajada.
—¿Maribel? Ella ni sabe cuánto entra realmente a la casa.
Sentí que se me calentaba la cara.
Entonces sacó un fajo de billetes.
—Mientras crea que seguimos pagando aquella deuda, no pregunta.
Dejé de respirar por un instante.
Maribel llevaba más de un año entregándole parte de su sueldo porque Javier aseguraba que todavía estaban pagando un préstamo que habían solicitado al casarse.
No entré a enfrentarlo.
Tomé una fotografía desde lejos y regresé directamente con mi hermana.
Pero al llegar encontré a Maribel sentada en el piso del dormitorio.
Frente a ella había una caja de plástico abierta.
—¿Qué pasó?
Me mostró varias hojas.
—Buscaba mi contrato del trabajo.
Eran recibos bancarios.
El supuesto préstamo matrimonial aparecía liquidado desde hacía **catorce meses**.
—Entonces ¿a dónde va tu dinero?
Maribel empezó a llorar.
Seguimos revisando.
Encontramos depósitos mensuales a una cuenta que ninguna conocía.
Siempre por cantidades diferentes.
Todos llevaban la misma referencia:
**“Aportación casa.”**
—Nosotros no tenemos casa —susurró.
El último comprobante tenía una dirección.
Busqué el lugar en mi teléfono.
Era una vivienda nueva en las afueras de Puebla.
Pero había algo todavía más extraño.
En una de las hojas aparecía un nombre escrito a mano junto al número de operación.
Maribel lo reconoció inmediatamente.
—Daniela…
Su voz cambió.
—Ése es el nombre de la mujer que viene cada mes a la fábrica a buscar a Javier.
Antes de poder preguntarle quién era, escuchamos una llave entrando en la puerta principal.
Javier había regresado mucho antes de lo esperado.
Maribel escondió los recibos.
Yo guardé silencio sobre lo que había escuchado en el mercado.
Él entró al dormitorio, vio la caja abierta y se quedó quieto.
No preguntó qué habíamos encontrado.
Preguntó algo mucho más revelador:
—¿Cuál de las dos vio **la dirección de la casa**?
MI HERMANA TENÍA QUE PEDIRLE DINERO A SU ESPOSO HASTA