Nunca me casé ni bailé con otro hombre después de que mi novio del instituto desapareciera la noche del baile de graduación en 1985; la semana pasada, una niña pequeña me entregó el boutonnière que él llevaba aquella noche.

Porque Michael me había pedido que lo conservara para siempre.
—Yo me quedaré con mi boutonnière —había dicho él—. Tú quédate con tu ramillete. Y cuando seamos viejos y tengamos arrugas… —Había sonreído. «…veremos qué flor sobrevive más tiempo».
Recuerdo que puse los ojos en blanco.
«¿Ya dabas por hecho que llegaríamos a viejos y arrugados?»
La vida tenía otros planes.
***
Michael y yo empezamos a salir a mitad de segundo año de bachillerato.
Él era esa clase de persona que no podía cruzar el aparcamiento del instituto sin detenerse a ayudar a alguien.
Yo era la chica que siempre llevaba dos libros de la biblioteca en lugar de uno, porque me gustaba tener un plan B.
Él olvidaba los deberes. Yo los organizaba por colores.
Él hablaba con desconocidos. Yo pedía disculpas a los vendedores telefónicos antes de colgar.
La gente preguntaba constantemente qué veíamos el uno en el otro.
Michael siempre respondía primero.
Una tarde, habíamos quedado para ir al cine.
Llegó con veinte minutos de retraso.
Me crucé de brazos. «Te has olvidado».
«No». Señaló la gasolinera de enfrente. «La señora Donnelly se había dejado las llaves dentro del coche».
Suspiré. «La ayudaste».
«Se le estaba derritiendo el helado».
«Te has perdido los tráileres».
Sonrió. «Harán más películas».
Intenté no reírme.
No lo conseguí.
Así era Michael. Creía sinceramente que cualquier persona que estuviera pasando un mal día merecía toda su atención.
A veces me sacaba de quicio. La mayoría de las veces, hacía que lo quisiera aún más.
***
La noche del baile de graduación llegó con una temperatura tan agradable que nadie necesitaba chaqueta.
Mi madre lloraba mientras me recogía el pelo. Mi padre fingía no estar emocionado, hasta que por error llamó «hijo» a Michael.