¡El teléfono de Marcus no paraba de sonar! 

Un Abrazo que Sanó las Heridas 
Marcus no pudo contener más las lágrimas. Se inclinó hacia adelante y abrazó a sus dos padres desde el asiento trasero, apoyando la frente entre sus hombros. La distancia emocional que había amenazado con destruirlos se evaporó por completo en la penumbra del vehículo.
—Gracias… de verdad, gracias por no rendirse conmigo —susurró Marcus.
—Nunca lo haríamos, hijo. Eres nuestro mayor orgullo, sin importar el camino que elijas recorrer —respondió su padre, encendiendo el motor del coche.
El vehículo comenzó a avanzar dejando atrás la solitaria estación de servicio. La lluvia suave que comenzaba a caer sobre el parabrisas limpiaba el polvo del camino, igual que la verdad había limpiado meses de culpa, miedo y soledad. Marcus miró por la ventana, sabiendo que el futuro ya no era un abismo incierto, sino un lienzo abierto para construir su propio destino con las mismas manos que hoy comenzaban una nueva vida.