Pasaron tres días sin que Sofía apareciera.
Eduardo no dormía. Llamaba a su teléfono una y otra vez. El celular estaba apagado. Fue hasta el barrio donde ella vivía, pero la madre de Sofía le cerró la puerta en la cara.
—Usted ya hizo suficiente daño —le dijo la mujer—. No vuelva a buscarla.
Esa misma noche, uno de los hijos de Eduardo llegó a la casa de Polanco acompañado de un abogado.
—Firmá estos papeles —le dijo con voz fría—. Vas a renunciar al control de las empresas. Si no lo hacés, te declaramos incapaz. Tenés 61 años y estás perdiendo la cabeza por una empleada.
Eduardo los miró en silencio. Por primera vez en su vida no levantó la voz. Solo dijo:
—Hagan lo que quieran.
Al cuarto día, recibió un mensaje de un número desconocido:
«Estoy en un hotel cerca del aeropuerto. Habitación 417. Si todavía me querés… vení.»
Eduardo llegó en menos de una hora.
Sofía estaba sentada en la cama, con una valija pequeña al lado. Tenía los ojos hinchados y la voz rota.
—Me echaron de la casa —susurró—. Mi madre me dijo que si volvía con vos, ya no tenía familia. Mis hermanos tampoco me hablan.
Eduardo se arrodilló frente a ella y le tomó las manos.
—Yo también perdí a los míos. Mis hijos ya no me consideran su padre.
Hubo un silencio largo. Después Sofía preguntó lo que los dos temían:
—¿Y ahora qué hacemos?
Eduardo la miró a los ojos.