—Si te casas con ella, no vuelvas a esta casa. No queremos saber nada de ustedes.
Durante semanas, Sofía y Eduardo se vieron a escondidas. En hoteles. En coches. En la casa cuando nadie estaba. El deseo era más fuerte que el miedo, pero el peso de dos familias, dos culturas y dos formas de ver el mundo empezaba a aplastarlos.
Una noche, Sofía le confesó:
—A veces siento que te estoy robando. Que no merezco esto. Que mi familia tiene razón.
Eduardo la miró en silencio durante un largo rato. Después respondió:
—Yo también siento que te estoy robando la juventud. Pero no puedo dejarte ir.
La presión aumentó.
Los hijos de Eduardo amenazaron con quitarle el control de las empresas. La madre de Sofía dejó de contestarle el teléfono. En el barrio, la gente murmuraba. En el círculo social de Eduardo, las miradas se volvieron frías.
Hasta que llegó el momento de decidir.
Una tarde, Sofía recibió un mensaje de su hermano:
«Mamá está muy mal. Dice que si no dejas a ese hombre, va a enfermar de verdad. Elige.»
Al mismo tiempo, Eduardo recibió una llamada de su hijo mayor:
«Si no terminas con ella esta semana, firmamos los papeles para interdictarte. Te vamos a sacar de todo.»