Daniela se sentó.
—¿Mi prometido sabe esto?
Nadie respondió.
Llamó a **Álvaro** delante de nosotros.
Su reacción terminó de romper la historia que Sergio llevaba meses construyendo.
Álvaro sabía que existía Mendoza Eventos.
Sabía que Daniela quería trabajar allí.
Pero creía que el departamento **se lo habíamos ofrecido nosotros** durante un año.
—Sergio me dijo que Lucía estaba de acuerdo —explicó por teléfono.
Miré a mi esposo.
—¿Cuántas personas creen que yo acepté cosas que nunca me preguntaste?
Sergio no pudo contestar.
Entonces recordé algo que el abogado me había recomendado revisar al volver: quién había solicitado copias recientes de ciertos documentos del inmueble.
Abrí la última hoja de la carpeta.
Había una petición realizada doce días antes.
Esta vez no aparecía Sergio.
Aparecía Julián Castañeda.
Y el motivo declarado era:
**“Integración de expediente patrimonial para evaluación de financiamiento.”**
Margarita se llevó una mano a la boca.
Sergio dijo inmediatamente:
—Lucía, todavía no firmamos nada.
—Eso ya lo sé.
Lo miré.
—Lo que quiero saber es por qué un hombre al que jamás he visto está armando un expediente patrimonial con información de mi casa.
Y entonces Sergio pronunció la frase que terminó de cambiar aquella tarde:
—Porque le dije que, cuando regresaras, conseguiría tu autorización.
Parte 3:
Al día siguiente no fui a enfrentar a Julián. Fui con mi abogado. Necesitaba separar lo que me indignaba de lo que realmente había ocurrido. La revisión fue menos espectacular de lo que Margarita imaginaba y más grave de lo que Sergio quería admitir: nadie había hipotecado mi departamento, no existía una firma falsa y la escritura seguía exactamente a mi nombre.
Julián trabajaba como intermediario financiero. Sergio le había entregado información para estudiar si Mendoza Eventos podía obtener crédito y qué garantías adicionales podrían fortalecer la solicitud. Mi departamento aparecía en una carpeta preliminar porque Sergio lo había presentado como un activo que posiblemente podría incorporarse si su esposa aceptaba.
—Entonces no podía tocarlo sin mí.
—No —me explicó el abogado—. Pero una cosa es que no pudiera disponer legalmente de él y otra que fuera correcto construir una negociación suponiendo que terminarías aceptando.
Eso era exactamente lo que Sergio había hecho.
Suspendí cualquier autorización relacionada con cambios de correspondencia y dejé por escrito ante la administración que nadie, incluido mi esposo, podía volver a pedir cambios de cerradura o acceso en mi nombre. Esa misma tarde llegó un cerrajero contratado por mí.
Margarita protestó.
—Daniela ya movió sus cosas.
—Entonces hoy las vuelve a mover.
Por primera vez Daniela estuvo de mi lado. Llamó a Álvaro y entre ambos sacaron cajas, ropa y algunos muebles que habían llevado. No estaba contenta conmigo, pero estaba mucho más enojada con Sergio y con su madre. —Yo pensé que eras egoísta —me confesó—. Me dijeron que habías aceptado y después te arrepentiste.
—Nunca acepté.