—Perfecto.
Saqué de la carpeta la hoja que había recibido en la notaría.
—Entonces empieza explicándome por qué intentaste modificar información de mi propiedad mientras yo estaba fuera.
Sergio dejó de respirar por un segundo.
Margarita lo miró.
—¿Qué hiciste?
Y en ese momento comprendí que ni siquiera mi suegra sabía todo lo que su hijo había estado preparando.
Parte 2:
Sergio cerró la puerta detrás de mí. Daniela dejó de tocar las cajas y Margarita repitió: —¿Qué hiciste? Puse la hoja sobre la mesa. Sergio había solicitado cambiar el domicilio donde se recibían avisos relacionados con el departamento. La nueva dirección era la oficina de un contador llamado **Julián Castañeda**. —¿Quién es? pregunté. Sergio dijo que era un conocido que lo estaba ayudando con “unos trámites”. —¿Qué trámites necesitan que las cartas de mi propiedad dejen de llegarme a mí?
Margarita intentó intervenir. —Primero arreglemos lo de Daniela. —No. Daniela recogió lentamente su bolso. Creo que por primera vez entendió que aquello ya no era una discusión sobre prestarle un departamento. Sergio pidió hablar conmigo a solas, pero me negué. Si todos habían podido entrar en mi casa sin mí, podían escuchar la explicación.
Entonces saqué el segundo documento que había obtenido en la notaría. No transfería la propiedad ni contenía mi firma. Era una consulta relacionada con la posibilidad de utilizar el departamento como domicilio y respaldo patrimonial dentro de un expediente de crédito. Sergio aparecía como solicitante de información. El crédito tampoco estaba a nombre de Daniela.
Estaba vinculado a **Mendoza Eventos**, un pequeño negocio que Sergio había abierto con su hermana meses atrás para organizar bodas y reuniones. Yo sabía que Daniela hacía decoraciones los fines de semana. Lo que nunca supe era que Sergio había puesto dinero y figuraba como socio.
—¿Pensabas hipotecar mi casa? pregunté. —No podía hacerlo sin ti. —Eso no responde qué estabas intentando.
Sergio explicó que Mendoza Eventos quería solicitar financiamiento para rentar un salón durante varios años. El asesor les pidió demostrar estabilidad financiera y un domicilio donde operaría parte de la administración. Sergio mencionó nuestro departamento como vivienda familiar y propiedad disponible dentro del entorno económico del matrimonio. Según él, después pensaba preguntarme si aceptaba respaldar formalmente el proyecto.
—¿Después de cambiar la correspondencia?
Bajó la mirada.
La solicitud de cambio no le daba derechos sobre mi departamento. Tampoco convertía automáticamente la propiedad en garantía. Pero desviaba avisos a una dirección controlada por alguien que yo no conocía. Eso era lo que me preocupaba.
—¿Por qué hiciste eso?
Sergio finalmente admitió que ya sabía cuál sería mi respuesta. Meses antes me había escuchado decir que jamás pondría mi vivienda en riesgo por un negocio nuevo. Su plan era avanzar todo lo posible, conseguir aprobación preliminar y presentarme después una oportunidad prácticamente cerrada. Pensaba que me resultaría más difícil decir que no si Daniela ya había invertido dinero.
Daniela lo miró. —¿Qué dinero?
Ahora fue Sergio quien pareció sorprendido.
Resultó que su hermana tampoco conocía toda la historia.
Mendoza Eventos tenía clientes, pero todavía dejaba poco margen. Sergio había pagado anticipos para apartar equipo y negociar el salón. Parte salió de sus ahorros. Otra parte provenía de dinero que Margarita le había entregado pensando que sería utilizado para la boda de Daniela.
—¿Mi boda? Daniela levantó la voz. Margarita palideció. Había entregado a Sergio una cantidad para ayudar con vivienda, muebles y celebración. Él la convenció de que, si lograban consolidar el negocio, Daniela tendría ingresos estables después de casarse.
Entonces comprendí por qué necesitaban tanto mi departamento.
No era únicamente para que Daniela viviera allí.
Si Daniela y su futuro esposo se instalaban, Mendoza Eventos podía señalar esa dirección como base administrativa temporal. Sergio pensaba que así el proyecto parecería más sólido mientras conseguían el salón.
—Por eso cambiaron la cerradura —dije.
Sergio negó. —Eso fue mamá.
Margarita lo confirmó. Ella realmente creía que bastaba con instalar a Daniela y después convencerme. Sergio había aprovechado aquella invasión por otra razón: necesitaba que su hermana pudiera decir que ya tenía un lugar estable desde donde organizar el negocio.